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De hecho, el mero acto de abrir la caja determinará el estado del gato, aunque en este caso los tres estados determinados en los que podía estar el gato eran: Vivo, Muerto y Jodidamente Furioso
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23 abr 22 Etapa ciclista: Arroyo Pedroches – Virgen de Linares – Alcolea (15/04/2022)

El pasado Viernes Santo de 2022 realicé con mi amigo Mané una etapa por la Sierra de Córdoba, después de casi un año -por mi parte- sin salir por Córdoba, y no sé ya ni cuánto tiempo sin salir a rodar con Mané. Fue una muy buena etapa, que disfruté como un enano. Empezamos a rodar casi al filo de las 10:00h. Y es que había llegado a Córdoba con Ana a eso de las 9:30h desde Sevilla, y tuve que preparar a todo correr la bici y los arreos ciclistas. En lo referente a la bici, utilicé la doble del Decathlon de mi padre, que ya tengo bastante adaptada a mis gustos.

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Salimos de la Asomadilla, atravesando el parque y cruzando por la pasarela metálica hasta Mirabueno. Desde allí tomamos el viejo recorrido del ferrocarril de Almorchón hasta llegar a las cercanías del Castillo del Maimón. Llegado a ese punto, nos desviamos para bajar hasta el cauce del arroyo Pedroches, junto al puente de Hierro. Seguimos ascendiendo el arroyo por la trialera, pasando junto al cortijo y la fuente de la Trinidad. Desembocamos, tras un rato de pedaleo y palique, a la pista de la cantera de Santo Domingo, donde hicimos una breve parada.

Reanudada la marcha, subimos por la pista hasta llegar a la N-432, y nos metimos por la urbanización de Doña Manuela, buscando el trazado del Camino Mozárabe. Llegamos a él, y descendimos alegremente por el mismo hasta llegar a las cercanías de la Ermita de la Virgen de Linares. Desde allí, el plan era ascender por la vereda, para acabar saliendo al cruce con la vereda de la Alcaidía. Y así lo hicimos. Lo interesante es que, según me comentó Mané, siempre habíamos ido por la senda incorrecta. En efecto, siempre había creído que la vereda de Linares desembocaba frente a la ermita, pasando por una pequeña cancela de hierro. Error. Al parecer ese es un camino privado, casi paralelo a la vereda, tomándose ésta un poco más arriba, siguiendo durante unos 250 metros la cañada Soriana desde la curva de la carretera, para después desviarse a mano derecha.

Tomamos este recorrido, y no puedo menos que decir que fue un gran acierto. Este camino se encuentra más despejado que el anterior, siendo mucho mas sencillo recorrerlo, pese a que sigue siendo algo estrecho y rodeado de vegetación. Lo que, por otro lado, es una gran alegría. Ascendimos durante unos 600 metros, hasta salir de la zona boscosa y encontrarnos en lo alto del cerro de San Fernando, donde nos volvimos a encontrar con el camino que conocía. Allí, una vez llegado a una de las tomas de ventilación del gasoducto, hicimos una nueva parada, que aprovechamos para comer algo, y poner a grabar el dron, en una prueba de grabación del modo follow me. El resultado fue estupendo.

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Paramos a la bajada del cerro para recoger el dron, y seguimos rondando por la vereda. Según lo previsto, llegamos hasta el cruce con la vereda de la Alcaidía. Desde allí decidimos el resto de la etapa: era ya algo tarde para subir la Alcaidía, pero pronto para volver a Córdoba. Así que decidimos continuar por la Vereda de la Casilla de los Locos, hasta llegar a la urbanización El Sol. Tenía granas de hacer el descenso por las pizarras, y sobre todo, cruzar el Arroyo Guadalbarbo. Una bajada muy divertida, y -efectivamente- pude cruzar el arroyo sin contratiempos. Mané optó por cruzarlo a pie por la derecha.

Ya en El Sol, bajamos por carretera hasta el puente romano sobre el Guadalbarbo, que cruzamos con idea de emprender el regreso a Córdoba. Lo hicimos por la pista de mantenimiento del Canal, siguiéndolo hasta la altura del cortijo de la Campiñuela Alta. Allí descartamos seguir por el Canal, que se encuentra vallado, y tomamos la vereda de Alcolea hasta llegar a la Campiñuela Baja. Seguimos por carretera hasta el Molino de los Ciegos, y desde allí seguimos por el sendero ciclista que han abierto junto a la circunvalación, hasta llegar a la Asomadilla, que ascendimos desde el campo de fútbol. El recorrido se nos hizo algo largo al final, llegando de vuelta a las 12:55h. Una estupenda etapa junto a un gran amigo con el que hacía tiempo que no rodaba.

Datos de la etapa:

  • Distancia: 32’300km
  • Distancia (según el GPS): 32’29km
  • Altitud ascendida: 433m
  • Tiempo de etapa: 2:21:21
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 2:58:30
  • Pulsaciones medias: 139ppm
  • Pulsaciones máximas: 175ppm
  • Cadencia media: S/D
  • Cadencia máxima: S/D
  • Calorías consumidas: S/D

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22 feb 22 Adiós, viejo amigo

Nuestro Peugeot 206 en Mullaghmore Beach, Sligo Co.

Nuestro Peugeot 206 en Mullaghmore Beach, Sligo Co.

Fue el primer coche que compramos. Para ser exactos, que compró Ana, pero ya llevábamos un tiempo viviendo juntos. Y ya habíamos tenido mi añorado Alfa Romeo 33, pero éste último era heredado, lo cual supone una diferencia. Lo compramos con 33.000 kilómetros y 3 años. Durante este tiempo nos ha acompañado en nuestros periplos. Innumerables viajes a Galicia, Córdoba y Manilva, entre los más comunes. Incluyendo un inolvidable Camino de Santiago, en el que hicimos el trayecto de Sevilla a Santiago 4 personas y 3 bicicletas. Rodando Pablo, mi padre y yo desde Zamora, y Ana haciendo de coche escoba.

También a otros sitios menos comunes, como Tarifa. Pero sobre todo, nos acompañó en nuestro viaje más memorable, nuestro periplo irlandés. De Santiponce a Dublín, pasando por San Sebastián, Burdeos y Roscoff. Francia de punta a punta. Es cierto que sólo estuvo en Irlanda durante algunos meses, hasta que desde Aduanas nos indicaron que no podíamos tener el coche más tiempo allí con matrícula española, y nos resultaba más económico comprar otro coche allí que rematricularlo y registrarlo, pero incluso en ese corto espacio de tiempo, nos dio tiempo a realizar grandes travesías. Como el viaje a Sligo, al que corresponde la foto de este artículo, y nuestro punto más septentrional en la República: Mullaghmore, en el condado de Sligo.

Volvió el coche a España, y algún tiempo después volvimos nosotros. Y nos siguió acompañando. De nuevo Córdoba, Galicia, Málaga y media España a bordo de un Peugeot 206. Y así, pasó de los 33.000 kilómetros a los más de 212.000. Forcarey ha sido su hogar este último año. Pero poco a poco los achaques se han ido dejando notar. Primero falló el aire acondicionado, posteriormente problemas en bujías, inyectores, reajustes de válvulas, fallo de los pistones de la puerta del maletero. El motor era fuerte, pero poco a poco lo iba siendo menos. Hace un par de semanas, durante un trayecto al trabajo de Ana, llegó la puntilla. Una alarma de exceso de temperatura, al ir a comprobar el vaso de expansión del refrigerante, nos encontramos batido de vainilla: una mezcla de refrigerante y aceite de motor. Síntoma claro de fallo en la junta de la culata. Se puede reparar, pero no vale la pena, teniendo en cuenta el resto de achaques.

Toca despedirse de ti, y recordar los buenos tiempos vividos. Tanto viaje, tantos kilómetros y tantas historias. Como el viaje a Madrid a ver el concierto de Green Day, en el que hicimos paradas en Mérida, Cáceres y el Castillo del Buen Amor, en Salamanca. Toca decirte adiós, y dejarte descansar. Tu destino es el desguace, recuperar partes funcionales, y reciclar el resto. Desaparecerás de nuestras vidas, pero siempre estarás en nuestros recuerdos. Recuerdos que van desde Tarifa hasta Sligo. Un tremendo recorrido para un pequeño Peugeot 206.

Esta mañana te han venido a buscar. Cuando te han cargado en la grúa, no he podido evitar que se me encogiera un poco el corazón.

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12 jun 21 Etapa ciclista: Subida a La Tierna y Vereda de la Casilla de Los Locos (06/06/2021)

El domingo 6 de junio volví a realizar -y ya ha pasado bastante tiempo desde la última vez- una etapa ciclista por la ciudad de Córdoba y sus cercanías. Una etapa especial porque, igualmente después de mucho tiempo, conseguimos salir un grupito considerable de gente, 6 personas: mi padre y dos de sus colegas de pedaleo (los dos llamados Rafael), Antonio y su hijo Gabriel, una fiera de 12 años que el día menos pensado nos dejará a todos tirados en la cuneta. Pero no adelantemos acontecimientos.

La tarde anterior había estado acondicionando la bici que iba a llevar: la doble Rockrider 6.4 que le regalamos mi hermana y yo a mi padre hace ya unos cuantos años. Para esta ocasión le reemplacé su vieja horquilla, que ya se encontraba en estado algo precario, por la Rock Shox Tora que tenía en la Giant que me compré hace unos meses, y a la que le puse una Recon a principios de año. La idea era también reemplazar el amortiguador trasero con el de la Giant, pero era algo más corto que el que monta (procedente a su vez de a Ghost que me robaron), así que opté por dejar este último. El resultado, sumamente bueno.

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Como a priori el día prometía ser caluroso, habíamos quedado temprano, a las 8:15h en la antigua prisión de Fátima para empezar a dar pedales. Sin embargo, toda la tarde del sábado y la madrugada del domingo no había parado de llover en Córdoba, y el día se encontraba mucho más fresco de lo previsto. Aun así, mantuvimos el plan previsto, pese a que ya por la mañana se intuía que podíamos tener un tiempo algo diferente del previsto. Todo el mundo fue puntual, así que empezamos la etapa sin contratiempos, saliendo de Córdoba por la vereda de La Alcaidía, pasando junto a la antigua Cerca de Lagartijo y La Campiñuela Baja. Y no tardamos mucho rato antes de vernos metidos en la niebla. En efecto, el día era distinto a lo previsto. No tardamos en llegar al Canal, y allí aplicamos una variación sobre el plan previsto, que consistía en subir a La Alcaidía, desde allí tomar Las Pedrocheñas, y volver por La Tierna primero, y por la Casilla de Los Locos, después. El caso es que el tramo de La Alcaidía entre el Canal y su cruce con la Vereda de Alcolea está siendo adecentado, y los colegas de mi padre temían que con las lluvias precedentes estuviera completamente embarrado. Así que optamos por tomar el canal, y seguirlo hasta la urbanización El Sol.

Se notaba que la noche había sido lluviosa: el terreno estaba compactado, la niebla seguía marcando su ley, los cañaverales se encontraban caídos por el peso del agua, el canal lleno de barro arrastrado desde los campos, y había árboles partidos y ramas por doquier. Pero se rodaba bien, fresco y sin polvo. Una vez llegamos a El Sol, empezó la parte divertida. Subimos por carretera para entrar en la urbanización de Los Encinares, donde nos esperaban unas rampas del 15%. Una estupenda manera de entrar en calor. Y desde allí, la entrada a La Tierna, con una subida por piedra suelta que no dejaba lugar a dudas: iba a ser duro. Al menos habíamos salido de la niebla, y veíamos el sol.

En mi caso, era la primera vez que subía la Tierna. De hecho, no conocía ni el nombre, tan sólo había bajado una vez por ahí, proviniendo de Las Pedrocheñas. Y recordaba la bajada como rapidísima. Lo que quería decir que la subida tenía su miga. Y vaya si la tenía. Una subida más dura al principio, sostenida, por buena pista, pero con algo de piedra suelta. Y más con la que había caído la noche anterior. Pero una vez superada la primera pared, el resto se trataba de ir subiendo a ritmo. Y subimos, vaya que si subimos. Y a un ritmo bastante parejo el de todos, pese a la diferencia de perfiles. Me levanto no sólo el sombrero, sino el cráneo.

La pena fue que más arriba la vereda se encuentra bloqueada por una cerca. La gente ha hecho camino junto a la misma para poder enlazar con Las Pedrocheñas, pero en nuestro caso, al desconocer cómo estaría la bajada de La Alcaidía, optamos por volvernos. Hicimos una bajada rapidísima (al menaos Antonio, su hijo y yo) hasta el comienzo de La Tierna. Mi padre y los Rafaeles optaron por tomárselo con más calma, pero en mi caso no iba de desperdiciar un rato de diversión como ese. Y más estando la tierra compacta.

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Una vez reagrupados, tomamos la carretera y bajamos a Alcolea, donde tomamos unos cafés y tostadas. Y decidimos el plan para volver, y en mi caso había algo que tenía bien claro: no iba a dejar pasar la oportunidad de tomar tantas veredas como pudiera. Pero mi padre y los Rafaeles no tenían ganas de ir por Los Locos, así que dividimos el grupo en dos. Ellos volverían por el Canal, y Antonio y Gabriel se apuntaron a la diversión. Contoninuamos juntos hasta llegar al puente romano sobre el arroyo Guadalbarbo. En nuestro caso, cruzamos el puente (tercera vez en el día) y subimos de nuevo a Los Encinares, para allí enlazar con la Vereda de la Casilla de Los Locos. Para ello, cómo no, vadeando el Guadalbarbo. Se encontraba bajito, así que no supuso mayor problema, pero sí proporcionó bastante diversión. Subimos por las pizarras hasta llegar a la incorporación desde el Psiquiátrico, y pasamos por el Cortijo de Román Pérez Bajo. No tardamos en llegar al cruce de Veredas (Alcaidía, Casilla y Linares), y tomamos la de la Alcaidía en dirección a Córdoba. Finalmente ese tramo no se encontraba tan mal. Apenas tenía algunos charcos grandes de barro, en los que había que tener algo de cuidado, pero no era nada comprometido. Pasada esta parte, cruzamos el puente romano del Arroyo de Rabanales, y el canal, para seguir hacia Córdoba, sin grandes percances.

Me separé de Antonio y Gabriel en Fátima, y volví a casa, donde esperaba que mi padre hubiera llegado ya. Sin embargo, llegó algo más tarde, ya que uno de los Rafaeles había tenido un pinchazo lento, que les obligó a detenerse un par de veces para inflar la rueda. En mi caso, había llegado a casa algo justito en lo que se refiere a calzado. De hecho, mis zapatillas lo dieron todo en esta etapa. Y no es una metáfora:

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Una etapa estupenda, con mejor compañía, que espero repetir en breve.

Datos de la etapa

  • Distancia: 44’939km
  • Distancia (según el GPS): 44’92km
  • Altitud ascendida: 592m
  • Tiempo de etapa: 2:42:54
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 3:51:31
  • Pulsaciones medias: 138ppm
  • Pulsaciones máximas: 198ppm
  • Cadencia media: S/D
  • Cadencia máxima: S/D
  • Calorías consumidas: 2756kcal

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11 dic 20 Camino del Cid 2019: Epílogo(07/VI/2019)

Esta entrada es la parte 7 de 7 de la serie Camino del Cid 2019

No puedo cerrar esta historia sin contar nuestra vuelta a Andalucía. Como no podía ser menos, volvimos en coche hasta Córdoba, en un viaje de 5 horitas de coche. De nuevo por la N-330 hasta Utiel, para tomar posteriormente la A-3, la A-43, y por último, la A-4 hasta Córdoba, aunque con una parada bastante especial: Las Navas de Tolosa.

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En mi caso, no me demoré mucho en mi ciudad, ya que tenía que volver a Sevilla esa misma tarde en un media distancia que no había conseguido reservar en Valencia, pero cuya reserva -bici incluida- sí pude hacer por Internet.

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Ya en Sevilla, en vez de esperar el cercanías para Santiponce, me animé a cruzar la ciudad, y encaminarme a casa desde la Estación de Santa Justa. Lo que tampoco era un gran drama. Algo menos de 11 kilómetros, cruzando por la Ronda Histórica hasta el Puente de la Barqueta, luego la Isla de la Cartuja, y por último mi vuelta a casa habitual desde el trabajo, por el Estadio Olímpico y el Campo de Tiro de Camas. Nada espectacular, después de haber hecho más de 260 kilómetros con alforjas en los días anteriores.

El único aspecto molesto es algo que, en realidad, no he referido en la historia. Y es algo que ya apunté en el prólogo de este relato: el sillín. Cometí el tremendo error de estrenar un sillín ergonómico para este viaje. Un sillín pensado para cicloturismo, en teoría más cómodo que mi Selle de carreras, pero en la práctica, una verdadera tortura. Durante las 4 jornadas de viaje -recordemos, más de 260 kilómetros- me estuvo haciendo rozaduras, y provocando molestias en la ingle, que en determinados momentos llegaron a dormirme las partes nobles, además de hacerme unas muy fastidiosas rozaduras. Así que un consejo: nunca, nunca, nunca se ha de estrenar un sillín para un viaje de alforjas.

Y así, sin más, llegué a casa. Y no tardé mucho en disfrutar de una Irish IPA de Kildare -de cervezas va la cosa- con mi señora esposa, que tan pacientemente había aguantado a su señor marido haciendo el indio por ahí. :mrgreen:

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Y colorín colorado, esta historia se ha acabado.

O casi, porque hay tres pequeños detalles más:

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Así quedaron las cubiertas de la bici, la delantera y la trasera. Se nota dónde iba más carga.

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Tanto le gustó a Ana lo que le contamos mi padre y yo de nuestro viaje, que ese mismo septiembre ella y yo pasamos unos días de vacaciones en la zona. Camino del Cid, pero de Teruel hacia el norte. La foto sobre este texto es del puente romano de Calamocha. :)

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También ese septiembre Arturo Pérez-Reverte publicó su novela “Sidi, Un Relato de Frontera”, sobre las vivencias de un Rodrigo Díaz de Vivar cuando era un desterrado de Castilla, que tenía que ganarse la vida en la frontera de los reinos cristianos y musulmanes. Hubiera sido estupendo tener la novela en el viaje, pero con el Poema de Mío Cid ya fuimos suficientemente ilustrados.

Y ahora sí, vale.

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14 nov 20 Camino del Cid 2019: Prólogo (01-02/VI/2019)

Esta entrada es la parte 2 de 7 de la serie Camino del Cid 2019

Nuestro comienzo del Camino del Cid estuvo precedido de un viaje que, de por sí, merece ser narrado. Ya he comentado la planificación que habíamos establecido, pero vale la pena refrescarla: por mi parte, tendría que viajar desde Sevilla a Córdoba, para allí unirme a mi padre, y viajar ambos hasta Cella. Allí haríamos noche en una casa rural, y empezaríamos a rodar el 3 de junio. Una vez finalizado nuestro viaje, el día 6, volveríamos esa misma tarde en tren regional hasta Cella, donde habríamos dejado el coche, para volver a Córdoba el 7.

Con este plan, salí de Santiponce en la sobremesa del día 1, para coger el cercanías en la estación de Valencina-Santiponce, y en Santa Justa tomar el tren regional hasta Córdoba. Siempre hay un punto de incertidumbre en este tipo de trasbordos, ya que te arriesgas a que algún retraso en los trenes implicados pueda dar al traste con los planes establecidos, pero en este caso tengo que decir que los trenes cumplieron con lo que de ellos se demandaba. Incluso ahora, que es necesario hacer una reserva previa para el transporte de bicicletas, y cuyo número está muy restringido por convoy. Todo fue como la seda, y el viaje hasta Córdoba fue muy agradable, excepción hecha del calor que empezaba ya a azotar ambas ciudades.

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La situación empezó a torcerse al poco de llegar a Córdoba. Tenía una cierta desconfianza en la llanta trasera que montaba en la Fuji. Era una llanta que había desechado en el pasado, merced a una insólita fragilidad en los radios de la misma, que tendían a saltar a la mínima de cambio, y que precisamente en etapas de alforjas me las había hecho pasar canutas. Y no había hecho sino rodar un poco en subida, en la Cuesta Negra, cuando escuché un clang terriblemente familiar: el de un radio rompiéndose. Y como no tardé en confirmar, por la parte de la corona. Estaba claro que esa llanta no iba a aguantar. Así que no me quedó más remedio que hacer un viaje de urgencia a una tienda de bicicletas para conseguir una nueva llanta, seguido de una sesión de ajuste de frenos y cambio de cubiertas. Desde luego, algo así era mejor que pasara al comienzo del viaje, que más tarde, pero no se trataba, ni por asomo, de un buen augurio.

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Solventado el problema, y tras una buena cena, nos preparamos mi padre y yo para el viaje que teníamos al día siguiente: unos 570 kilómetros de coche entre Córdoba y Cella. Salimos al filo de las 9 de la mañana, y condujimos hasta Manzanares por la A-4, para llí tomar la A-43 hasta su confluencia con la A-3 en las cercanías de Tébar. Un viaje agradable y con poco tráfico a través de Andalucía y La Mancha. La dinámica cambió un poco al tomar la A-3, ya que se notó una importante incremento de tráfico en sentido a Valencia. Se notaba que estábamos en fin de semana y en período vacacional. Continuamos por la autovía, entrando en Valencia por la zona de las impresionantes Hoces del Cabriel. Dejamos esta carretera y tomamos la N-330 a la altura de Utiel. Una Nacional con un excelente trazado y firme en los primeros kilómetros, pero que poco a poco fue cambiando su fisonomía, a medida que entrábamos en el Sistema Ibérico.

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Paramos a almorzar en Ademuz, exclave valenciano entre Castilla-La Mancha y Aragón, en una zona de esparcimiento junto al río Turia. Muy agradable, pero con muchas semillas de álamo volando por la zona en esa jornada, que cubrían el suelo de blanco, en una suerte de nevada fuera de temporada. Sin mucho más trámite, más allá de un café, continuamos con nuestro viaje, que se seguía adentrando en el Sistema Ibérico, por el valle excavado por el Turia en la dura roca. El paisaje seguía cambiando, y la carretera, ahora unida a la N-420, seguía haciéndose más sinuosa, y pegada a unos impresionantes cortados en la roca, que en ocasiones obligaban a tender redes de mallazo para evitar la caída de escombros a la calzada. Suerte del poco tráfico existente, pues en esas circunstancias era imposible adelantar. No quedaba otra que disfrutar del paisaje, y tomárselo con calma. Nos preguntábamos cómo tendría que ser viajar por esa zona en pleno invierno, con nevadas como las habituales por esa zona.

Tras llegar a Teruel, nos dirigimos a la cercana Cella por la N-234. Descargamos nuestro equipaje en la casa rural La Posada de Clotilde, donde habíamos reservado para esa noche, y para la vuelta desde Valencia, y que para nosotros contaba con la gran ventaja de que dispone de un aparcamiento privado donde podríamos dejar el coche durante toda la semana. Aunque, como descubrimos, la tranquilidad de Cella lo hacían completamente innecesario. La casa rural era tremendamente agradable y acogedora, así como su responsable. No puedo menos que recomendarla.

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Tras un rato de descanso, nos decidimos a hacer un poco de turismo por las cercanías. Y la decisión de a dónde ir estaba más que clara: la cercana Albarracín, por mérito propio declarada en sí misma Monumento Nacional desde el año 1961. Y hay que decir que no desmerece dicha calificación. Salimos de Cella para tomar la carretera de Albarracín, que transcurre junto al cauce del río Guadalaviar. De nuevo un precioso recorrido por zona de ribera y valle cerrado, rodeado de un impresionante sistema montañoso. Pero lo que pensábamos que iba a ser un viaje sin más hasta Albarracín pronto se vio interrumpido con algo que no esperábamos encontrar en absoluto: un acueducto. Romano, para más señas. Y excavado en roca viva. Demasiado tentador como para dejarlo pasar sin más.

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Paramos el coche y nos aprestamos a recorrer parte del trazado del acueducto. Se trataba del acueducto de Albarracín-Cella, de 25 kilómetros de recorrido, y que condujo las aguas del Guadalaviar hasta la cercana Cella desde el siglo I d.C. hasta mediados del siglo XII. Lo característico de este acueducto, y lo que lo hace verdaderamente espectacular es que gran parte de su trazado se encuentra excavado en roca viva, con respiraderos laterales en la montaña. No hay que esperar grandes arcadas estilo Acueducto de Segovia o similar, pero no por ello deja de ser digno de admirar, ni mucho menos.

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Estuvimos durante un rato recorriendo la sección de la Galería de los Espejos, llamada así por los respiraderos que permiten visualizar el valle en determinadas zonas (specula, atalaya de vigilancia), antes de volver al coche, y continuar el viaje a Albarracín. Pero no tardamos mucho en detenernos de nuevo, ya que no tardamos en encontrarnos con el Castillo de la Santa Croche, creado precisamente para controlar y proteger el suministro de agua del acueducto.

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Pasado el castillo de Santa Croce, por fin llegamos a Albarracín. Y como decía antes, no desmerecía en nada su bien ganada fama. Un pueblo medieval, bien mantenido, mejor cuidado, encaramado en un cerro junto al que por tres de sus lados transcurre el río Guadalaviar, y al que el cuarto protege una fabulosa fortificación medieval que trepa por la montaña. Y todo eso coronado por un castillo, junto al cual se alza una catedral. Una maravilla entre las montañas.

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Estuvimos un rato paseando por el pueblo, calle arriba y calle abajo, con una parada en la oficina de turismo, donde nos dieron abundante información del pueblo, y la primera de las chapas del recorrido. Y es que, como complemento al recorrido en sí, los municios adscritos al Camino del Cid entregan a los viajeros unas chapas identificativas de los lugares por donde has pasado y sellado el salvoconducto. Un detalle que nos daría bastante diversión a lo largo de nuestro viaje.

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Como decía, estuvimos buena parte de la tarde recorriendo Albarracín, y contemplando las vistas del pueblo.

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Desde lo alto de la Catedral bajamos hasta el cauce del río, que cruzamos, y estuvimos desandando el camino hasta llegar de nuevo a la oficina de turismo.

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Era hora de volver a Cella. Recorrimos la carretera de vuelta hasta nuestro inicio de etapa, para hacer noche en el pueblo. Cella es también digna de visitar, y destaca, aparte por su famoso canal, por su aún más conocida Fuente. Se trata, en realidad, de un gigantesco pozo artesiano por el que desaguan gran parte de las aguas subterráneas de los sistemas montañosos circundantes. Tiene a gala haber sido creada por los Templarios en el siglo XII, y en parte explica el abandono del primitivo acueducto romano.

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Tras dar una vuelta por el pueblo, empleamos el resto de la tarde en cenar en un bar junto a la Fuente donde, aparte de degustar la primera cerveza Turia del recorrido, fuimos devorados por inmisericordes mosquitos. Y es que eran grandes como aviones, y voraces como langostas.

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Ya caída la noche, volvimos a la casa rural. Para ser verano hacía algo de fresco, por lo que no quisimos imaginar cómo sería el clima en pleno invierno. Echamos pronto el cierre, en mi caso tras algo de lectura escogida.

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Quien quiere ir conmigo çercar a Valencia,
todos vengan de grado ninguno no ha premia,
tres días le speraré en Canal de Çelfa.

Esto dixo mio Çid el Canpeador leal.
Tornávas a Murviedro, ca él ganada se la á.
Andidieron los pregones, sabet, a todas partes,
al sabor de la ganançia non lo quieren detardar,
grandes yentes se le acojen de la buena cristiandad;
creciendo va riqueza a mio Çid el de Bivar;
Cuando vio las gentes juntadas, compeçós’ de pagar
Mio Çid don Rodrigo no lon quiso detardar,
adelinó pora Valencia e sobr’ella se va echar.

En pocas horas estaríamos empezando nuestro viaje a Valencia.

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