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“¿Estás seguro de que ESO es aleatorio?” “Ése es el problema con la aleatoriedad: nunca puedes estar seguro”
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21 mar 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Salamanca – Zamora (02/IV/2015)

Esta entrada es la parte 7 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

El Jueves Santo, dos de abril de 2015, emprendimos la que sería la última de nuestras etapas de la Vía de la Plata entre Mérida y Zamora. Y como colofón a nuestro recorrido nos marcamos una etapa que fue un digno final a nuestro rodar: una etapa sin escalas entre Salamanca y Zamora. 65 kilómetros, de Catedral a Catedral.

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Salimos a dar una vuelta mañanera por Salamanca, con la idea de tomar un buen chocolate con churros en la cercana Chocolatería Valor. Pero no habíamos calculado que, por ser Jueves Santo, podría estar cerrada, como así era. Nuestro gozo en un pozo. Al menos pudimos tener una buena visita al corazón de Salamanca, sin gente por la calle. Eso incluía, de nuevo, la Universidad…

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…y la Casa de las Conchas.

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Al final acabamos desayunando en un mesón extremeño que acababa de abrir, justo junto a la entrada del Hostal. Tras desayunar, recogimos bártulos, y empezamos a rodar al filo de las 9:15h, desde la Plaza Mayor.

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Salimos en dirección norte por la calle de Zamora. Una clara señal de que estábamos transitando por una de las calles más antiguas de Salamanca. Caminos, más bien, absorbidos por el crecimiento urbano. La mañana, siguiendo la tónica de este viaje, estaba despejada, y bastante fría, rondando los 5ºC. En esta ocasión decidimos recorrer, de manera íntegra, la etapa por asfalto, siguiendo el trazado de la N-630. Merecía la pena llegar con tiempo a Zamora, y dado que el trazado más fiel de la vieja vía Romana se encuentra bajo la propia Nacional, no había nada mejor que Zamora que nos hiciera merecer la pena ir por el trazado indicado del Camino.

La etapa iba a tener dos grandes zonas diferenciadas: un primer tramo de llanura castellana, de inmensos campos, con apenas cambios de nivel, y que se extendería durante 40 kilómetros, y un descenso final por el valle del Duero hasta la misma Zamora. Con esta tipología en mente, empezamos a rodar. Dejamos atrás Salamanca, pasando junto al Estadio Helmántico, y no tardamos en alcanzar la cercana población de Aldeaseca de la Armuña. Seguimos avanzando por una zona a medio camino entre población rural dispersa y barrios satélites de Salamanca, hasta que llegamos a Calzada de Vandunciel. Sin detenernos, seguimos avanzando, siempre hacia el norte, por la N-630. Pasaríamos junto al Castillo del Buen Amor, la prisión de Topas, y, no mucho tiempo después, llegamos a la única parada de la jornada: El Cubo de Tierra del Vino, primera población zamorana viniendo desde Salamanca.

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Tras tomar café y cola-cao en el bar del pueblo, seguimos en dirección Zamora, pasando junto a la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Ignoramos las flechas amarillas, que en este tramo marcan el Camino coincidiendo con la vieja vía de tren entre Salamanca y Zamora, y seguimos rodando por la Nacional. Iniciamos un suave ascenso, que nos habría de llevar hasta la cota máxima de la jornada, 876 metros de altitud, y que marcaría el fin de la planicie castellana, para dar inicio al veloz descenso por el valle del Duero. Pasamos junto al pueblo de Peleas de Arriba, conocido por ser el lugar de nacimiento del Rey Fernando III el Santo. Pasamos por las poblaciones de Corrales del Vino y Morales del Vino, esta última antesala de Zamora, a la que no tardamos en llegar. Eran las 13:25 horas cuando entrábamos en Zamora.

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No tardamos en llegar al Puente de Piedra, del siglo XIII, y lugar de entrada a Zamora, salvando el río Duero. Habíamos llegado.

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Una vez cruzamos el Duero, giramos a la izquierda, para ascender hasta la mismísima Catedral, para tener un final de etapa inmejorable:

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Habían sido 64’2 kilómetros en 3 horas, 54 minutos y 9 segundos. Y llegamos justo cuando terminaba una procesión en la Catedral. :mrgreen:

Tras nuestra arribada a Zamora, bajamos en dirección al Casco Histórico, a fin de buscar un sitio donde almorzar. Pero debido a la finalización de la procesión, la zona se encontraba atestada de gente. Así que optamos por comprar algo de pan, fiambre y queso en un colmado, y nos hicimos unos bocadillos, que degustamos junto a la iglesia de la Magdalena.

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Después, tomamos un café en un bar cercano, y volvimos a la Catedral, donde visitaríamos el Castillo de Zamora y la propia Catedral.

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Por la tarde, y antes de dirigirnos a la estación de autobuses, hicimos una rápida visita por la ciudad. Nos detuvimos un rato junto a la Iglesia de Santa María de la Horta:

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Tras esto, no nos quedó sino dirigirnos a la Estación de Autobuses, donde nos aguardaría un buen rato de espera.

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Mi padre, el auténtico héroe de todo este viaje, tomó por la noche un autobús de vuelta a Sevilla, para posteriormente tomar un tren a Córdoba, y salir, el Viernes Santo, de procesión con la Cofradía de la Virgen de los Dolores. Yo, por mi parte, esperé en la estación hasta las 3 de la mañana, para tomar el autobús que me conduciría a Pontevedra, donde habría de pasar el resto de la Semana Santa. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

…o no exactamente. Este trayecto forma parte de un proyecto personal que arrancó en mi mente, allá por el año 1998, consistente en recorrer en bici la distancia que separa Córdoba de Santiago de Compostela. Durante algunos años estuve dando la tabarra a amigos y familiares con ello. Finalmente, 17 años después, tras dividir el trayecto en tres bloques, había cumplido uno de mis sueños de adolescencia:

Los datos totales del recorrido son los siguientes:

  • Etapas: 6
  • Kilómetros: 360’6 km.
  • Tiempo acumulado: 28h 44m 29s
  • Velocidad media: 12’55 km/h

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 66’284 km
  • Distancia (según el GPS): 64’2 km.
  • Tiempo de etapa: 3h 54m 09s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 4h 31m 35s
  • Velocidad media: 16’5 km/h
  • Velocidad máxima: 48’6 km/h
  • Pulsaciones medias: 110 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 141 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías:1952 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: 36 BYC
Elapsed Time Moving Time Distance Average Speed Max Speed Elevation Gain
04:31:35 03:54:09 64.20 16.45 48.60 347.80
hours hours km km/h km/h meters
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20 mar 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Pedrosillo de los Aires – Salamanca (01/IV/2015)

Esta entrada es la parte 6 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

Y por fin, amaneció. Nuevo mes, nueva etapa, y una noche que, como nos habíamos temido, sería para olvidar, aunque no nos sería nada fácil hacerlo. Una noche fría, incómoda, de poco sueño y mucho revolverse dentro del saco. Tan mala fue, que al darnos cuenta, ya de mañana, que el bar de la plaza se encontraba cerrado, no quisimos ni esperar a que abrirar, y salimos de Pedrosillo de los Aires a las 8:30h de la mañana, sin desayunar, camino del primer sitio donde encontráramos un bar decente donde olvidar semejante espanto.

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Salimos de Pedrosillo por la carretera, dirección noreste, que lleva a Monterrubio de la Sierra, carretera ésta estrecha, y con cercas de piedra a ambos lados. Por suerte toda la zona parecía dormida a esa hora, por lo que el tráfico era prácticamente nulo. Eso mismo, para nuestra desgracia, hizo que no encontráramos ningún bar abierto en Monterrubio. Así que abandonamos el pequeño y dormido pueblo para seguir nuestra marcha, en dirección a Morille. Llegamos a este pueblo, distante 12 kilómetros de nuestro punto de inicio, al filo de las 9:30h de la mañana. No estaba mal, una hora de marcha, prácticamente en ascenso permanente, salvo una última bajada, sin desayunar, en un día frío y con fuerte viento en contra. Nuestro comienzo de etapa no estaba siendo especialmente prometedor.

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Las cosas empezaron a mejorar en Morille. Encontramos abierto el bar anexo al albergue de peregrinos. Un bonito albergue, y un bonito bar, que nos hizo desear haber continuado rodando un poco más en la etapa anterior. Ya no tenía remedio, pero al menos disfrutamos de un agradable desayuno, antes de continuar nuestra etapa. Salimos de Morille, incorporados de nuevo al ramal del Camino que venía desde San Pedro de Rozados, permanentemente en dirección noreste, de nuevo por pista, y habiendo dejado atrás el asfalto. El fuerte viento que habíamos experimentado desde el comienzo de la etapa empezó a convertirse en un verdadero vendaval. Por suerte nuestro camino picaba hacia abajo, en un prolongado descenso que ya no se detendría hasta Salamanca.

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Dejamos atrás los pastos, mayoritarios entre Pedrosillo y Morille, para entrar en una pura zona ganadera, con amplios encinares. Un entorno agradable para rodar, y que hicieron nuestras delicias.

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Salimos de la dehesa a la altura de las casas de Aldeanueva, para volver a los inmensos campos de cultivo -sin una sombra, claro-, que ya serían la tónica hasta la entrada misma de Salamanca. Descendimos a toda velocidad, pasando por Miranda de Azán y Aldeatejada, donde tuvimos que realizar el último ascenso de la jornada, la subida del Teso de las Zorreras, corta pero intensa, y que estuvo recompensada con una excelente vista de nuestro camino, hacia el sur, y de Salamanca, al norte.

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El final de la subida se encuentra coronado por una cruz metálica, donde se halla una pequeña figura de Santiago Peregino.

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Dejamos atrás el Teso para cruzar por debajo de la autovía de la Plata, y entrar ya en Salamanca. Pero no se puede decir que entráramos de verdad en Salamanca hasta que no llegamos al río Tormes, con su espectacular puerte romano, y la vista inmejorable de las dos Catedrales de Salamanca.

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Cruzamos el puente, en cuyo extremo norte se encuentra un berraco vetón, y nos adentramos en las callejuelas de la ciudad.

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Dimos por finalizada esta corta etapa, de apenas 31 kilómetros, recién pasadas las 12 del mediodía, junto a la Catedral Nueva. Buen fin de etapa. Pero aún quedaba lo mejor.

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Nos dirigimos a nuestro punto de hospedaje, el Hostal Escala Luna, sencillo, barato, limpio e inmejorablemente ubicado, cerca de la Casa de las Conchas, que no pudimos dejar de visitar.

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Tras asearnos, partimos en busca de un sitio para almorzar. El elegido fue el restaurante italiano La Tagliatella, donde nos pegamos un buen merecido homenaje con las que sin lugar a dudas son las mejores pizzas que he comido en España, y que no tienen nada que desmerecer a las que he comido en Italia. Gloria bendita. El resto de la tarde la empleamos visitando las Catedrales, la románica…

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…y la gótico-renacentista…

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…la Universidad…

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…así como diversas iglesias y conventos.

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A la caída de la noche cenamos en un Peggy Sue´s, franquicia retro americana, para después, en el entorno de la Catedral y la Casa de las Conchas,

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Tras la procesión, volvimos al hostal, a fin de pasar la que sería nuestra última noche en el Camino.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 33’130 km
  • Distancia (según el GPS): 31’8 km.
  • Tiempo de etapa: 2h 35m 14s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 3h 36m 38s
  • Velocidad media: 12’3 km/h
  • Velocidad máxima: 47’2 km/h
  • Pulsaciones medias: 114 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 160 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías:955 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: 22 BYC
Elapsed Time Moving Time Distance Average Speed Max Speed Elevation Gain
03:36:38 02:35:14 31.83 12.30 47.16 310.80
hours hours km km/h km/h meters
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17 mar 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Baños de Montemayor – Pedrosillo de los Aires (31/III/2015)

Esta entrada es la parte 5 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

El 31 de marzo, Martes Santo, emprendimos la cuarta etapa de nuestro viaje, en la que abandonaríamos la comunidad de Extremadura, para internarnos en Castilla y León. Desayunamos en el albergue de Baños de Montemayor, y empezamos a rodar a las 8:45h. Bajamos desde el albergue hasta la vieja N-630. Antes de abandonar Baños (cosa que, a la larga, tardaría un poco más de lo que pensamos), tomamos algunas fotos en el famoso balneario que da nombre al pueblo, y cuya visita fue algo que nos quedó pendiente por hacer.

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La mañana estaba clara y especialmente fría, algo que no era de extrañar, teniendo en cuenta que estábamos a los pies de la Sierra de Béjar, y que ésta aún se encontraba nevada. Sin embargo, era algo bastante soportable. Como decía, salimos de Baños por la N-630, que para salvar la subida al puerto es especialmente sinuosa en este tramo. Ello supuso que, tras un par de curvas y un buen rato de marcha, volvíamos a estar en Baños, aunque en su parte más alta.

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Pasada la segunda curva, y tras dejar atrás una bonita vista de Baños y del valle del Ambroz, nos encontramos ante nuestra primera disyuntiva de la jornada: realizar la subida por el tramo restaurado de la calzada romana en fuerte pendiente y firme, digamos, pedregoso, o hacerlo por la carretera.

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Esta vez ganó la opción de la carretera. No era plan reventar tan temprano. Aún nos quedaban 5 kilómetros de subida al puerto y salvar un desnivel acumulado de 200 metros (de 700 a 900), y una buena tirada de kilómetros hasta nuestro destino previsto, el pueblo de Fenterroble de Salvatierra. Algo que, dicho sea de paso, estaba abierto a modificaciones.

Así pues, iniciamos un ascenso bastante tranquilo por carretera, en el que el desnivel no pasó en ningún momento del 9%, sí era bastante constante, lo que exigía ser constante en el esfuerzo. Y así llegamos hasta el límite autonómico entre Extremadura y Castilla y León, y entramos en Salamanca.

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Seguimos ascendiendo hasta llegar a la población de Puerto de Béjar. 900 metros de altitud, y una mañana clara y despejada. Pronto encontramos, tras pasar una gasolinera, el desvío por la calzada romana a mano izquierda, impecablemente señalizado.

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Pasamos por debajo de la autovía, y tras dejar atrás una réplica del miliario CXXXII, iniciamos un divertido descenso hasta el puente de la Malena, por el que cruzamos el río Cuerpo de Hombre. No sólo habíamos subido el puerto de Béjar, sino que primera de las tres grandes subidas del día, sino que, encima, habíamos bajado incluso por debajo de la altitud que teníamos en Baños de Montemayor: 665 metros de altitud.

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Empezamos a rodar por el valle del Cuerpo de Hombre, en dirección noreste. A medida que avanzábamos, entre dos macizos montañosos, íbamos pasando junto a diversos miliarios, algunos mejor y otros peor conservados, pero que contribuían a dar aún más sabor al hermoso paisaje por el que transitábamos.

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Así, 3 kilómetros después del puente, llegamos a una carretera comarcal, que tomamos en dirección a nuestro siguiente objetivo: Calzada de Béjar, y la segunda subida de la jornada. Existen dos maneras de subir a Calzada de Béjar: por la margen derecha o por la margen izquierda de un arroyo tributario del río Cuerpo de Hombre. La calzada sube por la margen derecha, y existe una carretera, algo más cómoda, que lo hace por la margen izquierda. En nuestro caso tomamos la carretera, ya que en ella se encuentran rehabilitados un mar de miliarios que se encontraron en el fondo del valle, y que fueron dispuestos junto a la carretera, pese a que la calzada se encuentra en la otra margen.

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Y así, tras una nueva subida de 2 kilómetros, en los que ascendimos otros 100 metros, llegamos a Calzada de Béjar. Eran las 10:45h de la mañana. Llevábamos dos horas de etapa, en las que habíamos recorrido algo menos de 15 kilómetros. Hay que admitirlo, no era una gran media, pero habíamos ya superado dos de las tres principales dificultades de la jornada.

Nuestra idea era hacer una pequeña pausa en la población, para sellar credenciales y tomar el segundo desayuno de la jornada. Pero el pueblo se encontraba prácticamente vacío, sin bares abiertos, y con el ayuntamiento cerrado. Parecía un pueblo fantasma. Así que decidimos dejar atrás la población, tomando un desvío para visitar el fortín romano que se alza en sus cercanías. Y es que la principal atracción de la zona es uno de los escasísimos fortines romanos que se conservan en la Península. No podía dejarlo pasar. Especialmente tras la sobredosis de asfalto que llevaba esa mañana. Por suerte nos encontramos con una vecina que nos confirmó la existencia de un sendero que subía hacia el castillo, por el que pronto nos aventuramos. El sendero era poco más que un camino de cabras, que ascendía a cuchillo por el monte, entre maleza, zarzas y cercas de piedra inmemoriales. Casi no se podía hacer andando, por lo que arrastrar de las bicis hacia arriba -de ir montados, ni soñarlo- era una auténtica proeza. Pero el fortín lo merecía.

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Tras un rato de deambular por las venerables piedras, nos tocó volver a la marcha. Oíamos el cercano rumor de una carretera, así que en vez de volver sobre nuestros pasos a Calzada de Béjar seguimos ascendiendo, aprovechando que el perfil se suavizaba bastante. En efecto, no tardamos en salir a la carretera de Béjar, que tomamos en descenso, para volver a encontrarnos con la vía de la Plata, transmutada en este tramo en una pista perfectamente conservada que, recta como una flecha, durante 8 kilómetros hasta Valverde de Valdelacasa.

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Durante los 11 kilómetros de recorrido nos fuimos encontrando con una excelente colección de miliarios -todos ellos originales- que jalonan el recorrido, ora a izquierda, ora a derecha del mismo. Algunos tan señalados como aquellos en los que se han grabado cruces…

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…y otros que -si bien movidos de su ubicación original- marcan la zona donde se vadea alguno de los arroyos que la vía cruza.

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Llegamos a Valverde de Valdelacasa tras rodar, de una manera rápida y sin mayor contratiempo, por la vía. Nos detuvimos en el bar del pueblo para tomar un tentempié, y estuvimos un rato de charla con el dueño del bar, con el que intercambiamos anéctodas del Camino. Nos venía bien un descanso, ya que el siguiente tramo, hasta Valdelacasa, suponía también una buena subida. Tras el rato de buena charla, dejamos atrás el pueblo, que no ofrece mucho más al visitante, más allá de saber que en la zona se encontraba la mansio ad Lippos de la vía romana.

La subida a Valdelacasa se realiza por carretera. Son tres kilómetros y medio con pendientes del 8% que, tras los duros 25 kilómetros que llevábamos encima, se dejaron notar. Aunque más que los 25 kilómetros se notó la excursión al fortín romano. Aun así, no quedó otra que subir, con los inseparables miliarios que seguían surgiendo a nuestro encuentro, en ocasiones incluso formando parte de cercas de piedra. Pronto habríamos de llegar al punto más alto de lo que llevábamos de jornada, 950 metros de altitud, y tercera cota del día.

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Llegamos a Valdelacasa poco después de las 13:00h. Pronto para almorzar, sobre todo con la reciente parada de Valverde, así que decidimos seguir hasta nuestro final de etapa en Fuenterroble de Salvatierra, distante sólo 8 kilómetros. Salimos, pues, manteniendo rumbo noroeste. A la salida de Valverde encontramos un cruce de caminos, en el que era posible tomar tres trazados diferentes para seguir hasta Fuenterroble.

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En nuestro caso, optamos por seguir por la carretera que, a mano derecha, conducía directamente hasta nuestro punto de destino. Los otros dos caminos, a la izquierda y por el centro, son aproximaciones más o menos fieles a la calzada romana, y suponen poca diferencia, si bien es verdad que el camino de la izquierda es el más fiel a la vía romana: éste pasa por el llamado Bosque del Peregrino, donde se ha rehabilitado el miliario CXLVIII, que nos perdimos.

Seguimos ascendiendo por carretera durante un rato, con ocasionales bajadas, bordeando bosques, hasta que llegamos a la que sería la cota máxima de la jornada, a 1012 metros de altitud, antes de emprender un rápido descenso hasta Fuenterroble de Salvatierra. Y dado que habíamos llegado a nuestro final de etapa antes de las 14:00h, y que aún teníamos toda la etapa por delante, decidimos prolongarla, a fin de hacer más corta la etapa siguiente, que nos habría de llevar a Salamanca. Pero no sin antes almorzar en Fuenterroble de Salvatierra. Y qué almuerzo. El sitio se llamaba el Mesón El Pesebre. No tenía nada en especial por fuera que llamara la atención, y por dentro la decoración era rústica pero agradable. Ahora bien, el almuerzo fue espectacular. Recuerdo con especial cariño una morcilla con pimientos y reducción de P.X. que era gloria pura.

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Durante el bien merecido almuerzo, estudiamos nuestras posibilidades. Éstas eran básicamente dos, ya que la Vía se bifurca unos cuantos kilómetros después de Fuenterroble: San Pedro de Rozados y Pedrosillo de los Aires. Si bien la primera población tenía a su favor ser de mayor tamaño y tener mejores servicios, tenía dos graves inconvenientes: una mayor distancia a recorrer (unos 25 kilómetros adicionales), y tener que salvar el Pico de las Dueñas. Pedrosillo de los Aires, por su parte, estaba más cercana, pero era una población más pequeño. Pero no habíamos tenido malas experiencias hasta el momento, así que optamos, en principio, por ir a Pedrosillo. A toro pasado poco me equivoco si digo que habríamos optado por San Pedro.

Reanudamos la etapa a pasadas las 15:15h. Tomamos una carretera comarcal para volver a enlazar de nuevo con la calzada romana, que sigue su rumbo a Salamanca, siempre en dirección noreste. Y aquí nos encontramos con una de las mayores partes del Camino: 5 kilómetros de calzada romana perfectamente recta (que suben hasta 8 si admitimos unos pequeños cambios de rumbo), en los que se han conservado no sólo los miliarios, sino también la estructura misma de la calzada, y que transcurren, entre cercados, a la vista de la Sierra de Béjar, al sur, y del Pico de las Dueñas, al norte.

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Pasados estos 5 kilómetros, entramos en un pequeño bosquecillo, que marcó el final del suave descenso que veníamos teniendo desde que tomamos la calzada romana. A partir de ahí no nos quedaba más que terreno ascendente o, como mucho, quebrado en subidas y bajadas.

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Pasado el pequeño bosquecillo seguimos por lo que se podía reconocer como el trazado de la vía romana, pero que había sido invadido en parte por una finca colindante: no sólo permitían al ganado pastar en la vía, sino que habían llegado a construir una balsa de recogida de aguas en la mismísima vía. Un atentado al patrimonio, se mire por donde se mire. Pasado ese espanto, empezamos a ascender por una pista en dirección a Navarredonda de Salvatierra, población en la que no llegamos a entrar. Poco después de la misma, llegamos a la bifurcación del camino, donde tendríamos que decidir por ir a San Pedro de Rozados, subiendo el Pico de las Dueñas, o ir a Pedrosillo de los Aires, más cercano, y con un trazado más fiel a la vía romana. Optamos por esta última opción, ya que el cansancio empezaba a hacer mella en nosotros. No en balde llevábamos a esas alturas la friolera de 49 kilómetros y 7 horas y 45 minutos de etapa.

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Empezamos un descenso por pista que nos llevó a las cercanías de otra finca ganadera, cuya entrada se encontraba decorada por sendos miliarios romanos. Acabado el descenso nos tocó afrontar la subsiguiente subida que, con rampas del 6% por tierra se nos atragantó un poco, pero que una vez superamos nos permitió contemplar, por vez primera, nuestro final de etapa: Pedrosillo de los Aires. Que se encontraba, como no podía ser menos, en un alto. Nos tocaba bajar para volver a subir.

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Llegamos a Pedrosillo de los Aires a las 17:15h, tras 59 kilómetros de etapa y la friolera 8 horas y media largas de recorrido. Hicimos una primera parada en el primer bar que encontramos para descansar y tomar unos Acuarius. Luego nos dirigimos al cercano albergue municipal, situado al lado del ayuntamiento, y del bar de la plaza del pueblo, donde nos dieron las llaves del mismo.

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El albergue no era sino una vieja casa con dos habitaciones y un baño que se había habilitado con literas. Y cuando digo vieja no utilizo este adjetivo a la ligera. Cierto es que el peregrino no exige nada, y agradece la ayuda que le prestan, pero tengo que admitir que he visto cuadras más limpias. Fue en ese momento cuando empezamos a plantearnos si no hubiéramos hecho mejor en ir a San Pedro de Rozados. Tanto era así que incluso nos planteamos seguir avanzando hasta el siguiente pueblo. Pero la etapa había sido dura, y nos lo tomamos como otra aventura más.

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Y vaya si lo fue. Incluso el trato en el bar cercano fue bastante seco. Casi parecía que molestáramos. Esa noche acabamos cenando unos sobrios bocadillos con tinto de la casa, mientras veíamos un partido de la Selección en la televisión del bar. Y luego, al saco de dormir, porque en el pueblo no había gran cosa que ver ni que hacer. Y lo del saco de dormir fue obligado, por varias razones: la ausencia de sábanas, mantas, o cualquier ropa de cama más allá de unos cobertores raídos, el lamentable estado de los colchones, que saltaba a la vista que habían vivido décadas mejores, y el intenso frío que hacía esa noche en el pueblo, abierto a todos los vientos del mundo. Algo que su nombre debía de habernos sugerido.

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Así que a las 21:45h ya estábamos en cama, dando por finalizado un día que había sido excelente, y rogando por que la mañana del primero de abril llegara lo antes posible.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 59’043 km
  • Distancia (según el GPS): 57’4 km.
  • Tiempo de etapa: 5h 30m 36s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 8h 52m 7s
  • Velocidad media: 10’4 km/h
  • Velocidad máxima: 44’6 km/h
  • Pulsaciones medias: 122 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 161 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 2486 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: 79 BYC

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13 mar 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Riolobos – Baños de Montemayor (30/III/2015)

Esta entrada es la parte 4 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

El Lunes Santo, 30 de abril, empezamos a rodar en nuestra tercera etapa a las 9 de la mañana. Era otro día claro y despejado, tónica a lo largo de todo nuestro viaje, de los que invitaban a rodar. Y buena falta hacía. Teníamos por delante una buena etapa rodadora, en principio hasta Aldeanueva del Camino, a 60 kilómetros de distancia de Riolobos, con un perfil bastante llano, pero en suave y permanente ascenso, hasta el atracón final: empezar a subir las primeras estribaciones de la Sierra de Béjar, que separan Extremadura de Castilla. Un bonito desafío para esa jornada. Y ya veríamos si además prolongábamos la etapa hasta Baños de Montemayor, una hermosa población, la última de Cáceres antes de entrar en Salamanca, famosa por sus aguas termales, de tiempos de los romanos, y de enorme predicamento en los siglos XIX y XX. Pero eso estaba por ver, en función de cómo se diera la etapa.

Salimos de Riolobos por carretera, en dirección a Galisteo. Variación obligada, recordemos, por los problemas de paso que presenta el dueño de la cercana finca Larios, y que en 2015 impedían el paso por el trazado original de la Vía de la Plata. Aunque dicha variación nos iba a plantear una ventaja: íbamos a poder rodar un buen rato por el Valle del Jerte. El rodar por las carreteras del valle fue rápido, y pronto llegamos a la cercana Ermita de Nuestra Señor de La Argamasa, donde hicimos la primera foto del día:

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Seguimos en dirección noreste por una carretera comarcal, que en unos pocos kilómetros, y con alguna subida y bajada, pronto nos llevó a la cercana población de Galisteo, de origen bereber, y con una impresionante muralla almohade:

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…y un no menos espectacular puente renacentista sobre el río Jerte:

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No nos detuvimos mucho tiempo en Galisteo. La mañana estaba fresca y era cuestión de aprovecharlo. Cruzamos sobre el Jerte, y seguimos nuestro rodar, siempre por carretera en este tramo, en dirección a la siguiente población: Aldeanueva del Jerte, distante 5 kilómetros de Galisteo. Valga la anotación de que, en puridad, estábamos yendo por el lado equivocado del río. La calzada romana se encuentra bajo una carretera rural que, por el otro lado del río, comunica la población de San Blas, aneja a Galisteo, con Carcaboso. El paseo hasta Aldeanueva fue un paseo tranquilo, por carretera, sin mayor complicación ni sobresalto. Dejamos atrás Aldeanueva sin hacer ninguna parada, con el objetivo puesto ya en la mencionada población de Carcaboso, donde íbamos a recuperar, al menos en parte, el trazado de la vía romana.

Entramos en Carcaboso al filo de las 10:30h, por la calle de la Iglesia, y desembocamos en la parroquia de Santiago Apóstol, donde hicimos la primera parada de importancia de la jornada. Una iglesia, la de Santiago, que no tendría nada en especial (es relativamente moderna y está encalada), si no fuera por el peculiar hecho de que los pilares de su entrada están hechos nada más y nada menos que con miliarios romanos:

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…siendo esto algo de lo que no sabes si admirar o lamentar. Junto a la iglesia se encuentra un pequeño parque arqueológico con más restos de yacimientos romanos.

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Tras esta breve parada, salimos de Carcaboso, siempre en dirección noroeste. A la salida del pueblo una señora nos recomendó ignorar durante un tramo las señales del Camino, que se desvían hacia el este, y nos recomendó seguir la pista de mantenimiento del canal de riego, que nos llevaba mucho más directa hasta la cercana Laguna de Valverde, donde volvíamos a encontrarnos con el trazado más fiel del camino. Optamos por hacerle caso, y avanzamos por la pista, en ligero ascenso, y sin mayor novedad. Tras 3’7 kilómetros salimos a una pequeña carretera, que no tardamos en abandonar, a mano derecha, tomando una pista que se adentraba en una finca. Aquí nos pasó una cosa curiosa: al poco de entrar en la finca nos en contramos con un trabajador de la misma, en todoterreno, al que preguntamos si íbamos bien, para mayor seguridad. Éste se hizo el asombrado y negó conocer que en la misma hubiera algún camino público. Cuando le respondimos que las flechas, en la misma cancela, así como los cubos de granito que podíamos ver en el mismo camino indicaban lo contrario, siguió haciéndose el despistado, y se negó a darnos una respuesta concreta. Se ve que al dueño de la finca no le hace gracia que la gente transite por la misma. En fin.

El perfil de la etapa empezaba a hacerse un poco más abrupto. No mucho más, pero la entrada a la finca era el primer desnivel medianamente serio de la jornada. Y para nuestra suerte, el paisaje había cambiado de nuevo. De un valle agrícola pasábamos de nuevo a dehesa extremeña. Un placer para los sentidos.

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En este tramo el Camino no presentaba pérdida alguna, y era tan sólo cuestión de rodar recto, dirección noreste, por la pista. Pronto empezamos a notar un fenómeno llamativo. La pista que llevábamos se empezaba a encontrar delimitada por sendos muros de piedra, , que se abrían en ocasiones su buena cincuentena de metros, e incluso más. Y es que nos encontrábamos en una vereda pecuaria, con su anchura bien definida desde hace siglos, que sigue el trazado de una vía romana, y cuya anchura ha sido respetada por los dueños de fincas colindantes. Era algo que empezaba a verse, y que en tramos posteriores veríamos en todo su esplendor.

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Hicimos una nueva parada al llegar a una cerca de piedra, donde hallamos unos nuevos miliarios, así como cipos funerarios. Llevábamos ya 26 kilómetros de etapa, y 2 horas largas de pedaleo. Allí pegamos la hebra un rato con un peregrino a pie, salmantino, pero que venía peregrinando desde las Canarias, vía Cádiz, donde tenía su residencia.

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Reanudamos la etapa a eso de las 11:45h, al otro lado de la cerca, pero siempre en línea recta. En este caso la pista dio paso a un estrecho sendero, pero siempre en el amplio trazado de la vereda. A ratos salíamos a pistas mejor definidas, que luego se volvían a perder, según nos acercábamos a tramos con mayor explotación ganadera.

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Y así, 8 kilómetros después de haber entrado en la finca, salimos de ella, a una pequeña carretera, justo a la altura de la Hacienda Ventaquemada, que da nombre a la nueva dehesa que tendríamos que atravesar. Allí fue donde tuvimos la primera visión de la Sierra de Béjar, que aún se encontraba nevada a esas alturas del año.

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Nuestro paso por la dehesa fue una continuación de lo observado en la anterior, pero en todo su esplendor: la pista serpenteando entre la zona delimitada de la Cañada Real de la Plata, de enorme anchura, y con cercas de piedra a ambos lados. Y la calzada romana subsistiendo en algunos tramos. Una delicia para rodar, si no fuera porque en algunos tramos encontrábamos algo de arena, que con las alforjas no era precisamente plato de buen gusto. Aun así, espectacular. Pero todo esto no era sino un mero aperitivo de lo que estaba por llegar: el símbolo mismo de la Vía en Extremadura. Poco a poco nos fuimos acercando al Arco de Cáparra.

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Y es que la vía de la plata pasa por medio de la antigua ciudad romana de Cáparra, por cuyas ruinas se puede transitar, en mitad de la soledad de una dehesa en el valle del Ambruz. Se entra directamente en la misma, tras pasar un grupo de casas, en el que el camino se convierte directamente en vía romana, y se pasa a rodar, mal que bien, por la misma. Pero vale la pena. Todo este viaje, en realidad, estaba justificado tan sólo por poder disfrutar de ese momento.

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Tras un rato de descanso y de contemplación de los restos de la antigua urbe, seguimos nuestra marcha, no sin despedirnos de un miliario de época de Nerón, que marca la salida del yacimiento.

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Cruzamos otra pequeña carretera rural, y nos internamos en una nueva dehesa. Menos arbolada, esta vez, con más subidas y bajadas, y con unos pocos arroyos que vadear. Algo asaz complicado, ya que los arroyos se encontraban crecidos, y no nos quedó más remedio que ingeniárnoslas para cruzar, haciendo equilibrios, sobre bloques de granito en el lecho de los mismos. Algo relativamente sencillo cuando vas a pie, pero algo más complicado cuando arrastras una bici con alforjas.

Tras 5 kilómetros de subidas y bajadas por la dehesa, salimos a una carretera de servicio del valle del Ambroz. Algo de respiro tras unos ratos complicados en la dehesa, pero que es posible evitar, si así se desea, siguiendo una pequeña pista que transcurre al lado de la carretera. En nuestro caso, optamos por seguir por la carretera. Eran la las 13:45h, llevábamos casi 45 kilómetros entre pecho y espalda, y no se avistaba ningún lugar donde poder almorzar. La etapa se nos estaba haciendo algo larga, y eso que aún no habíamos empezado a subir de verdad.

Seguimos por la carretera hasta llegar, casi 7 kilómetros después, hasta la autovía y la antigua N-630. Allí nos incorporamos a la nacional, con la idea de parar a comer en el primer bar de carretera que encontráramos. Algo que no habría de tardar demasiado. 1700 metros después habríamos de llegar hasta el cruce de La Granja donde se encuentra, como caído del cielo, el Restaurante El Trébol. Un viejo bar de carretera, que se notaba había vivido tiempos mejores, pero cuya comida era buena, el servicio muy correcto, y de precio comedido.

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Allí, además, recibimos consejo del hostelero sobre una duda que nos llevábamos planteando casi desde el inicio del recorrido: cómo salvar el Puerto de Béjar, si hacerlo por el Camino -como era mi intención- o subir hasta Béjar por la vieja Nacional -como quería mi padre-. El dueño del local nos recomendó evitar la subida a Béjar, ya que nos haría subir mucho más, para después de tener que bajar de nuevo. El trazado del Camino era mejor y menos complicado. Punto a favor de mi tesis.

Volvimos a rodar a las 15:30h. Habíamos hecho ya 51 kilómetros de etapa, y apenas nos separaban 5 kilómetros de nuesto final de etapa previsto, Aldeanueva del Camino. Sin embargo, Baños estaba a tan sólo 15 kilómetros. Tras una subida respetable, desde los 423 metros de donde nos encontrábamos hasta los 726. Pero cualquier kilómetro que nos quitáramos sería un kilómetro menos al día siguiente, una etapa mucho más dura que la que estábamos haciendo ese día. Así que decidimos prolongar nuestra marcha hasta Baños de Montemayor.

Empezamos la subida a Aldenueva del Camino, en la que ya no abandonaríamos la N-630 en ningún momento. La subida era intensa en algunos tramos, en los que se pasaba por encima de la autovía, pero en ningún momento era excepcionalmente dura. A cambio, era sostenida, larga y tendida, así que era necesario armarse de tesón para seguir nuestro avance. Pasamos Aldeanueva sin hacer ninguna parada, y así, poco a poco, nos fuimos aproximando a Baños de Montemayor. Dejamos atrás para siempre las dehesas extremeñas, y nos fuimos adentrando, de manera clara, en un paisaje serrano.

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A medida que nos aproximábamos a Baños empezamos a encontrar recreaciones de los miliarios que jalonaban la vía de la Plata. En Baños, conscientes de la importancia de cara al turismo de poner en valor esta herencia, han hecho un ímprobo esfuerzo por recuperar su herencia romana, tanto con la recreación de estos miliarios, como en el cuidado y rehabilitación de la calzada a su paso por la población, aunque hay quien estima que en algunas ocasiones este esfuerzo no ha sido todo lo respetuoso que podía haber sido con los elemenos originales en sí. En nuestro caso, el primer hito que encontramos fue el miliario CXXV, tanto el original (o al menos el rehabilitado por Trajano) como su reconstrucción. También fuimos encontrando el CXXVI, de Adriano…

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…y así sucesivamente, hasta entrar en Baños por una reconstrucción de la calzada:

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…y llegar a la bonita población de Baños de Montemayor, distante 569 kilómetros de Santiago de Compostela, pasadas las 17:00h, más de 8 horas después de haber salido de Riolobos, y con más de 70 kilómetros de rodar, según marcaba el cuentakilómetros.

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Dimos por finalizada la etapa al llegar al Centro de Interpretación de la Vía de la Plata, que hace las veces de albergue de peregrinos, y que se encuentra excepcionalmente cuidado. Cuando llegamos sólo había un peregrino a pie, alemán, pero esa tarde llegaron otro par de peregrinos en bici.

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Empleamos la tarde en visitar la pequeña villa, que bien merecía una estancia más prolongada.

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Esa noche cenamos en un bar del pueblo, a base de tapas, que nos sentaron divinamente, y ya caída la noche, paseamos un rato por el pueblo. Por desgracia, no tuvimos ocasión de visitar el balneario ni los baños romanos. Eso habría de quedar para otra ocasión.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 70’102 km
  • Distancia (según el GPS): 67’6 km.
  • Tiempo de etapa: 5h 36m 5s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 8h 10m 24s
  • Velocidad media: 12’1 km/h
  • Velocidad máxima: 50’0 km/h
  • Pulsaciones medias: 123 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 159 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 2654 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: 59 BYC

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06 mar 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Cáceres – Riolobos (29/III/2015)

Esta entrada es la parte 3 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

El Domingo de Ramos, 29 de marzo de 2015, empezamos la segunda etapa de nuestro peregrinar. Nuestro compañero de habitación, el peregrino a caballo, aún dormía cuando nos levantamos, en torno a las 8 de la mañana. Desayunamos en el albergue Las Veletas y empezamos a rodar a las 9:15h. La mañana no estaba especialmente fría, pero sí ventosa, algo que a lo largo del día nos iba a dar bastante guerra. El cielo, eso sí, estaba completamente despejado. En esta ocasión, y para evitar desastres como los de la etapa anterior, nos embadurnamos bien en protector solar, y optamos por llevar manga larga, algo que en mi caso sería ya una tónica a lo largo de todo el viaje. La piel enrojecida del sol me picaba con la manga larga, pero mejor eso que seguir churruscándome por media Extremadura y Castilla.

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Salimos de Cáceres pasando junto a su plaza de toros, para dirigirnos por carretera hacia el cercano pueblo (11 kms) de Casar de Cáceres, archiconocido por su queso. La vía coincide con el trazado de la carretera, CC-38, hasta prácticamente el pueblo. Circulamos también durante un rato en paralelo a una vieja vía de tren desmantelada. El perfil era descendente, si bien con pequeños cambios de rasante, y el entorno estaba completamente deforestado. Una llanura abierta a todos los vientos del mundo, que ese día -como suele ser de rigor- soplaban en contra. Atravesamos Casar de Cáceres, aún sumidos sus habitantes en el sueño, y tras hacer una pequeña parada en su iglesia parroquial, continuamos nuestro camino, para salir del pueblo junto a la ermita de Santiago.

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Nada más salir del pueblo acabamos con el asfalto. La salida era una subida por pista de tierra, bastante bien mantenida, que nos habría de dirigir, en un trazado prácticamente rectilíneo, por una serie de fincas, siempre en dirección norte, hasta el cercano embalse de Alcántara.

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Un trazado que no sería nada del otro mundo, si no fuera por la increíble sucesión de miliarios romanos que a ambas márgenes del mismo se encontraban. Pero no dispuestos, como uno pudiera pensar, con una distancia de mil pasos entre ellos. Lo habitual era encontrarlos juntos y en pie…

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…en la mayoría de los casos…

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…y en sorprendentes aglomeraciones, en ocasiones.

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Semejante colección de miliarios haría las delicias de cualquier museo de historia que se preciara. Y allí se encontraban, en una suerte de almacén al aire libre (y utilizo este término por ser piadoso), para el disfrute de los ojos del viajero avisado.

Seguimos cruzando fincas, cotos de caza y cercados ganaderos, para aproximanos poco a poco al inmenso embalse de Alcántara. En sus cercanías nos encontramos con las malhadadas obras del AVE a Extremadura y Lisboa, aún en marcha en España, pero interrumpidas en Portugal por la crisis.

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Dichas obras, que interrumpen el camino, obligan a realizar un rodeo por una pista de obra hasta salir, en fuerte descenso, a la N-630. Algo que para los ciclistas no es mayor problema, pero que sí es una importante molestia para el peregrino a pie. En paralelo a la Nacional el camino sigue por unos abruptos senderos con la marca de GR, que preferimos evitar, afrontando un descenso rapidísimo por la carretera hasta el río Almonte, donde nos encontramos con el primero de los puentes del AVE que en 2015 aún estaban en construcción.

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Lo malo de bajar es que -por lo general- suele tocar subir. Y en este caso no iba a ser distinto. Con el fastidio añadido de que había que subir para, acto seguido, volver a bajar, esta vez para cruzar el río Tajo. Ascendimos y pasamos junto a la solitaria estación de tren de Río Tajo, prácticamente abandonada.

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A esas alturas yo iba buscando de manera obsesiva la torre Floripes, que emerge de las aguas del pantano cuando éste se encuentra bajo, y prácticamente nunca se oculta bajo sus aguas. Y pese a que el pantano se encontraba bastante lleno, no lo estaba lo suficiente como para poder ocultarla en esa ocasión. Sin embargo, no fuimos capaces de encontrarla. Tan sólo vimos un abandonado caserío que emerge en la cúspide de una loma casi oculta por las aguas.

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De nuevo al nivel de las aguas del pantano, cruzamos el Tajo, para contemplar el segundo puente del AVE, gemelo del anterior, alzarse a nuestra derecha. Cuesta trabajo imaginar si alguna vez estas obras llegarán a rentabilizarse. Al poco de pasar el puente y -de nuevo en subida- hicimos la primera parada larga del día en el bar del club de pesca del embalse de Alcántara. Eran las 12:15h, y llevábamos ya 33 kilómetros de etapa. No estaba mal, pero eran los 33 kilómetros fáciles. Desde allí todo lo que nos esperaba era en subida. Nuestra siguiente parada era el pueblo de Cañaveral, a unos 11 kilómetros de distancia. Y de nuevo, teníamos dos alternativas: tomar la pista que, junto al club, surgía a la derecha de la carretera, y que sube por cerro Garrote, o bien seguir por la carretera y entrar en el pueblo por la misma. Y pese a que suelo ser un defensor de hacer uso de la pista, en este caso tenía dos poderosas razones para optar por la carretera. La primera es que, en realidad, el trazado más fiel es el de la carretera (sobre todo si tenemos en cuenta que el trazado de la vía de la Plata yace bajo las aguas del embalse). La segunda no era otra que el puente de Alconétar.

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El puente de Alconétar es un puente romano del siglo II d.C., atribuido al emperador Trajano y a su genial arquitecto Apolodoro de Damasco, y que uno de los más antiguos puentes en arco segmentales del mundo. Tal es su importancia que sus restos fueron desmontados y trasladados a su actual ubicación cuando se construyó la presa de Alcántara, cuyo embalse acabaría inundando su ubicación original. Valía la pena recorrer algo más de tiempo por asfalto si con ello podíamos contemplarlo. Sobre todo si, para mi frustración, nos habíamos perdido la Torre Floripes.

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Pasado el puente de Alconétar seguimos por la Nacional camino de Cañaveral. Al principio, sobre todo cuando seguíamos cerca de las colas del embalse, de manera suave, pero poco a poco en un ascenso más acusado, para acabar llegando al pueblo en franca subida. Poco antes de llegar al mismo nos encontramos, a nuestra derecha, el trazado de la vía de romana, que nos ofrecía una bonita vista de un puente, posiblemente medieval.

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Hicimos una pequeña parada en el pueblo para abasternos de agua, y continuamos nuestro rodar. Salimos del pueblo con el siguiente objetivo en mente: el puerto de Los Castaños. Como el lector podrá imaginar, no iba a ser precisamente en bajada. Hicimos un pequeño alto en la ermita de San Cristóbal, justo al pie del puerto. Allí teníamos de nuevo dos alternativas de subida: lo indicado por el Camino, en pista por detrás de la ermita, o por carretera, a su derecha. Y de nuevo, en esta ocasión, lo hicimos por carretera, si bien a regañadientes por mi parte. Aunque esta decisión tuvo un buen final: en la cima del puerto encontramos un trozo rehabilitado de la calzada romana, junto con una reproducción de un miliario. Una bonita foto para culminar el puerto. Llevábamos ya 50 kilómetros de etapa.

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Recorrimos los 3 kilómetros de asfalto que nos separaban de Grimaldo, para llegar al que habíamos planificado que fuera nuestro final de etapa a las 14:30h. Tras tanto asfalto, habíamos finalizado la etapa antes de lo previsto. Y dado que Grimalno no ofrecía nada de especial interés, y que la etapa siguiente iba a ser larga y dura, decidimos continuar hasta el siguiente pueblo, Riolobos. No sin antes, disfrutar de una más que razonable comida en el restaurante del pueblo.

Volvimos a ponernos en marcha AL filo de las 16:00h. Y esta vez, de nuevo, por senda. Al principio pista, pero que poco a poce se iba estrechando, a medida que nos internábamos, una vez más, en la dehesa extremeña.

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A la salida de Grimaldo llegamos a las cercanías de la finca Larios. Este tramo presenta su polémica, ya que el propietario de la finca impide el paso de los peregrinos, de manera ilegal. Pero mientras la Junta resuelve sus contenciosos con el mismo, es necesario tomar un desvío que, a mano izquierda, lleva hacia Riolobos, mientras que la Vía, en realidad, esquiva esta población para digirse directamente a Galisteo. Para nosotros, sin embargo, tuvo la ventaja de poder hacer unos cuantos kilómetros más sin demasiado esfuerzo. El camino desde Grimaldo, es en descenso, a veces vertiginoso, a tramos técnico, y en todo momento muy divertido, aunque con alforjas es necesario tomárselo con calma.

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El tramo final hasta Riolobos es por una buena pista, en fuerte descenso, hasta llegar al pueblo. Dimos por finalizada poco antes de las 17:30h, después de 65 kilómetros de etapa, cuando llegamos a la casa rural La Troje, donde hicimos noche, y que no puedo menos que recomendar encarecidamente, tanto por sus excelentes instalaciones como por el trato amable de sus propietarios.

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Una vez llegados a Riolobos, y después de ducharnos y descansar un poco, invertimos la tarde en visitar el pueblo, pequeño pero agradable, y cenar a base de hamburguesas en un bar cercano a la casa rural. El día había sido largo, pero lo habíamos disfrutado con ganas. Y en nuestra siguiente etapa nos esperaba algo que, por sí solo, hacía que valiera la pena el viaje: el Arco de Cáparra.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 67’478 km
  • Distancia (según el GPS): 65’2 km.
  • Tiempo de etapa: 5h 8m 16s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 6h 37m 13s
  • Velocidad media: 12’7 km/h
  • Velocidad máxima: 44’6 km/h
  • Pulsaciones medias: 124 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 156 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 2315 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: S/D BYC

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