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19 jul 10 Córdoba-Santo Domingo (vía Puente de Hierro) (27-10-2002)

Córdoba, 27 de Octubre de 2.002.

Anoche, mientras leía un buen libro, me apeteció salir con la bici. Como ya era algo tarde, pensé en organizar una etapa ciclista para la mañana de hoy, domingo 27 de Octubre. Dicho y hecho, le mandé sendos mensajes a Pablo y a Manolo, proponiéndoles dicha etapa: Córdoba-Santo Domingo, por el camino que sale desde el pie de Puente de Hierro, saliendo desde mi casa a las 9:00h de la mañana. Pablo aceptó, y Manolo, quien yo suponía que no asistiría, más que nada porque se encontraba de boda en Montilla, me dio un toque al móvil.

Unas cuantas horas después, una más de lo habitual, por aquello del cambio de hora, estaba presto y dispuesto. 9:00h, ya desayunado, lo típico, vaso de leche y tostadas con miel, y mi máquina preparada, junto con todos sus accesorios. Aun así, no partiríamos hasta algo más tarde, ya que Pablo tenía que cambiarle la cámara delantera a su bicicleta, al estar ésta pinchada. Entre pitos y flautas, y tras un tiempo de espera prudencial a Manolo (si bien teníamos la completa seguridad de que no iba a estar con cuerpo para venir), partimos
sobre las 9:35h.

Nos encaminamos hacia el barrio Naranjo atravesando el monte que hay detrás de mi casa. Tras una bajada por el descampado, atravesamos la carretera y nos introdujimos en el barrio. Tuvimos que afrontar un explosivo ascenso para, posteriormente, callejear hasta llegar al camino que lleva al trazado del antiguo ferrocarril de Almorchón. Tomamos dicho camino hasta desviarnos por un sendero que, pasando junto al castillo del Maimón, desemboca en otro camino que baja hasta los pilares del Puente de Hierro. He de hacer notar que, para ello, tuvimos que atravesar una cerca que nos impedía el paso. Sin embargo, alguien había practicado un enorme boquete a dicha cerca, habiéndosele olvidado tan sólo un alambre en la parte superior, por lo cual pudimos atravesarla sin desmontar, tan sólo agachando un poco la cabeza.

Una vez que bajamos hasta los pilares del puente, tomamos el sendero. Es aquel mismo sendero que tomamos con Isaac, cuando entrenábamos para la etapa de Montilla, y el mismo que tomé yo cuando me fui de exploración por la “Córdoba profunda”. Pero esta vez íbamos a tomar el tercer ramal, el que suponíamos que llevaba hasta Santo Domingo. Así lo hicimos, cuando llegamos al cruce de caminos.

Nuestro camino era una pista forestal bastante amplia, pero con bastante piedra suelta. Atravesamos el arroyo de Santo Domingo por una plataforma de hormigón, y continuamos por la pista, ignorando todos los ramales que surgían de ésta. La pista picaba un poco hacia arriba, pero había tramos donde el terreno se hallaba muy quebrado y con muchísima grava y piedra suelta, lo que hacía la marcha muy dificultosa. En este tramo, nos pasaron dos motoristas.

Al cabo de un rato el valle por el que circulábamos se hizo más amplio, abriéndose el terreno y permitiéndonos una mayor perspectiva de los alrededores. Justo en ese momento, divisamos una vieja torre, prácticamente derruida, alzarse a la izquierda del camino, justo en el límite de la vegetación. Desmontamos, y nos encaramamos a ella. Desde ahí pudimos divisar un camino que descendía por un monte que teníamos frente a nosotros, y que se incorporaba a la derecha del camino por el que íbamos. Pensé que ese camino podría ser uno que se incorporaba al sendero por el que íbamos, que venía desde la N-432 a la altura de la Carrera del Caballo. Vimos descender un grupo de 5 ciclistas por ese camino, y nos decidimos a reemprender el nuestro.

sto_domingo-torre_derruida.JPG

En realidad, casi se podría decir que era nuestro camino el que se incorporaba al otro. Al unirse ambos, la pista forestal por la que circulábamos se tranformó en un camino muy alplio y compactado. Entonces recordé que teníamos que pasar junto a una cantera abandonada. Ésa era la explicación de la amplitud del camino. Pasamos junto a las ruinas de un caserío abandonado, y el camino, que había sido ascendente hasta ese momento, se tornó descendente. A nuestra izquierda podíamos ver el profundo valle excavado por el arroyo de Santo Domingo.

El camino descendía hasta el cauce seco del arroyo de Santo Domingo, que cruzamos. Al poco llegamos a las primeras estribaciones de la cantera abandonada. El valle había vuelto a encajonarnos más, y la labor del hombre y de la naturaleza era absolutamente impresionante. Hubo un detalle que nos llamó mucho la atención. El cauce del arroyo de Santo Domingo era excesivamente amplio y profundo. Sumamente llamativo. En esas, nos volvimos a cruzar con uno de los motoristas de antes.

Al poco de entrar en la cantera, el camino se dividió en dos ramales. Uno de ellos, el de la derecha, más amplio y llano, entraba en la cantera, y el otro, apenas un sendero sumamente estrecho y empinado, subía por la ladera izquierda del valle en que nos encontrábamos. La opción más lógica parecería ir por el de la derecha. Ello sería así de no haber sido por un pequeño detalle: las avenidas del arroyo de Santo Domingo habían cuarteado el camino de la cantera, dividiéndolo en bloques que parecía que se alzaban sobre el cauce del arroyo, tal era la profundidad y la anchura de los socavones que cruzaban dicho camino. Por lo tanto, sólo nos quedaba la opción de subir por el sendero. Sin embargo, a la hora de la verdad, resultó bastante más fácil de lo esperado subir por él, ya que, pese a su acusada pendiente, el terreno estaba limpio de grava, y además era especialmente consistente, por lo que las ruedas no patinaban en él. Así que seguimos por él, entre una vegetación compuesta por monte bajo y pino mediterráneo. Ignoramos un camino que descendía a la derecha hacia la cantera, y seguimos subiendo por la ladera. Pero a partir de ahí, apareció la temida grava, junto con piedras clavadas en el sendero, que hacía tremendamente dificultoso el ascenso. En su última parte, tuvimos que subirlo andando, para llegar a un corte del terreno que nos permitía ver una magnífica perspectiva de la cantera.

La cantera, como bien dijo Pablo, parecía un nivel el Duke Nukem 3D. Edificios de hormigón medio derruidos, restos de maquinaria abandonados, enormes montañas de grava, bidones oxidados por doquier… Incluso un coche incendiado en el fondo de un socavón del arroyo. Todo eso, encajonado en un valle profundo y estrecho. Sumamente impactante.

El sendero seguía subiendo a nuestra izquierda, pero era ya absolutamente impracticable. Además, en ese momento, vimos a una mujer que pasaba, junto con cuatro enormes perrazos, por el camino del interior de la cantera, que en esa parte no se hallaba cuarteado, así que dedujimos que esa parte tenía que ser practicable. Cuando íbamos a emprender el descenso para tomar el sendero que descendía a la cantera, y que anteriormente habíamos ignorado, llegó hasta nosotros, de nuevo, el motorista. Intentó subir por donde nosotros habíamos desistido, sin conseguirlo. Aun así, intentó ascender, pero el único resultado de su intentona fueron el de proyectar grava, impulsada por el patinar de su rueda trasera a modo de proyectiles, hacia nosotros.

cantera-monasterio-caserio_valle2.jpg

Así que descendimos hasta la cantera, y seguimos por ella, hasta que el camino surgió de nuevo a nuestra izquierda, y la zona por la que rodábamos se volvió a perfilar como el cauce del arroyo de Santo Domingo.

Tras un rato, llegamos hasta un edificio q surgía al pie del monte. Era, por mal que suene, un picadero, y así se anunciaba. Ello indicaba que nos acercábamos al monasterio de Santo Domingo (de nuevo, por mal que suene). En los bordes del camino había pequeños grupos de gente de perol, disfrutando del domingo. Al cabo del rato, llegamos al pie del monte donde se halla el monasterio de Santo Domingo. En ese lugar, rodeado de montes, se encuentra una hondonada donde el arroyo de Santo Domingo forma una pequeña laguna, que se hallaba bastante
seca, hecho que no impidió que varios caballos abrevaran en ella. Avanzamos un poco mas, momento en el que nos volvió a pasar el de la moto, y llegamos a una nueva encrucijada. Al frente, el camino por el que veníamos, que no sabía a dónde conducía. A la izquierda, en un giro de casi 360º, un camino que ascendía hasta el monasterio, y a la derecha, también en un giro casi completo, un camino que llevaba a una ermitica que se alza sobre un monte que hay junto a la hondonada. Fuimos hacia allá, porque recordaba que había buenas vistas. Subimos, y, efectivamente, las vistas eran espectaculares. Sin embargo, aún no habíamos ascendido hasta la ermita. El camino avanzaba unos 100 metros para, en un giro casi completo, seguir ascendiendo hasta la ermita. Llegamos hasta el giro, y allí, de nuevo, nos encontramos con la disyuntiva de escoger entre 3 caminos. A la derecha, en un giro casi completo, la ermita. También a la derecha, en un ángulo recto, un camino que subía hasta la cima del monte donde estaba la ermita y, a la izquierda, un sendero de mala muerte que descendía hasta un valle que se hallaba a nuestra izquierda. Un valle en el que había los restos de una casa, un valle al que, desde pequeño, había querido bajar cada vez que había ido a Santo Domingo, y al que nunca había bajado. Pablo se dejó convencer fácilmente.

Empezamos el descenso, pero pronto nos detuvimos. Efectivamente, en el fondo del valle estaba la casa. Pero no percibíamos ningún camino para salir de allí, excepto por senderos que ascendían de una manera escalofriante por los montes que rodeaban el valle. Aún estábamos a tiempo de arrepentirnos. Y estábamos en ello cuando, al fondo y a nuestra derecha, vimos un grupo de moteros que descendían al valle. Astutamente, decidimos esperar hasta que descendieran para ver, posteriormente, si había alguna salida por el fondo del valle, como parecíamos ver. Pero los moteros, una vez en el valle, junto a la casa, volvieron a trepar por un monte. Eso no nos sacaba de dudas, y la posibilidad de tener que salir de ese valle por alguno de esos senderos era aterradora. Pero… bueno, ya que habíamos emprendido el descenso, tampoco era cuestión volverse atrás. Y a las malas… bueno, siempre tendríamos una buena historieta para contar. Así que continuamos.

El descenso fue atroz. El sendero se quebraba, cortado por las lluvias torrenciales, en profundas grietas. El terreno estaba muy suelto y hacía derrapar las ruedas fácilmente, y la inclinación era remendamente pronunciada. No humo más remedio que descender algunos tramos a pie, procurando que las bicicletas no nos arrastraran monte abajo.

Finalmente conseguimos bajar, y, tras cruzar un arroyo, nos dirigimos a las ruinas de la casa. Pero, sorpresa, sorpresa, ésta no se encontraba exactamente en el fondo del valle, sino que se hallaba sobre un promontorio en el fondo del valle, que, debido a la altura desde la que lo divisábamos, no se apreciaba. Un promontorio bastante elevado, de hecho. Vamos, que nos costó bastante subir hasta él, ya que el sendero, para más inri, tenía “escalones”, del largo de una bicicleta, que hacían tremendamente fastidioso subir por él.

Tras subir a la casa, vimos como, por la salida del valle, junto al arroyo se veía un sendero. Aliviados, fuimos hacia él. Descendimos a una pequeña explanada que había junto a la casa, y tomamos el sendero. Éste subía y bajaba por las estribaciones de los montes del valle. El terreno era bastante curioso, una especie de pizarra muy quebrada que, sin embargo, agarraba sumamente bien.

Un poco después, llegamos a un promontorio desde el que se divisaba la unión del arroyo que estábamos siguiendo (arroyo de Barrio Nuevo), con otro que se le unía por la izquierda (arroyo de las Mangas). Era algo precioso, ya que ambos llevaban un agua cristalina, y había erosionado los montes hasta alcanzar la roca viva. Uno de ello, el que se incorporaba, incluso formaba una poza en la que entraban ganas de darse un baño, y todo. Baño que, a buen decir de Pablo, difícilmente nadie se dará, porque en verano debe de estar seco, y en invierno hace demasiado frío. Descendimos por un sendero hasta ese arroyo, y rodamos hasta la unión de ambos. Vimos como un sendero surgía al otro lado del cauce, esta vez sí, con agua, por lo que tuvimos que cruzarlo, si bien a pie, porque la morfología del terreno no permitía hacerlo montado en bici.

Una vez que cruzamos, seguimos por el susodicho sendero. Sin embargo, era bastante difícil rodar por él, debido a que su estrechez, y a que subía y bajaba por la ladera, además de que estaba cuajado de enormes piedras que obstruían el paso. Al cabo de un rato, tuvimos que vadear de nuevo el arroyo, justo en la interesección, por segunda vez, de dos arroyos, el de Barrio Nuevo, y el arroyo Pedroches, quedando el camino a la izquierda de éste. Justo en ésas nos cruzamos con un rebaño de ovejas. Era bastante divertido ver cómo la masa compacta que formaban se abría como por arte de magia ante ti. El sendero era más fácil de recorrer, y la vegetación era bastante agradable, bosque mediterráneo, junto con algunas zonas de olivar, y, de cuando en cuando, algún eucalipto.

Por tercera vez llegamos a una intersección entre dos arroyos, el Pedroche, y una pequeña lengua de agua, y aún habríamos de verlo en una cuarta ocasión. Esta vez hicimos un alto, ya que vimos algo curioso: un pozo excavado justo en el borde del cauce del arroyo. Nos hicimos unas fotos y, una vez que descansamos un poco, continuamos el camino.

Al cabo del rato, el camino por el que íbamos circulando, desapareció. Se fusionó con el cauce, seco en este tramo, del arroyo Pedroche, por lo que no hubo más remedio que introducirse en éste. Era bastante complicado circular por ese pedregal. Finalmente, conseguimos salir, Pablo por la izquierda, y yo por la derecha, pero al final continuamos por la derecha, ya que el camino que seguía por ese lado del cauce se veía más amplio y en mejores condiciones. Avanzamos un rato, tras el que el camino se volvió sendero pero, justo después de esto, desembocamos en un camino muy amplio, que quedaba cortado por una puerta metálica.

Nos fijamos con más cuidado y, al otro lado del cauce, pudimos ver cómo el sendero ascendía por la ladera del monte, y cómo un coche que, hasta hacía poco, se hallaba allí aparcado subía por él. Me fijé mejor, y pude ver, en la parte superior del monte, la plataforma del ferrocarril de Almorchón. Hice un rápido cálculo de la distancia, y me imaginé que debíamos de andar a la altura de la Carrera del Caballo. Nos paramos a deliberar el rumbo a tomar. A la izquierda, el camino salía a la N-432. No podíamos seguir el sendero junto al arroyo por la razón de que ambos habían desaparecido. El cauce apenas se distinguía entre unos matorrales que nos cerraban el paso. Y a la derecha, el camino ascendía por el monte, con fuerte pendiente. Y tomamos ese camino.

camino_ascenso_carrera_del_caballo.jpg

El camino era amplio, pero con bastante grava y mucha pendiente, por lo que se hacía complicado subir. Describía una suave, pero amplia, curva a la derecha, a la vez que seguía incrementándose la pendiente. Al finalizar la subida, torcía abruptamente a la izquierda, para descender suavemente y girar de nuevo a la derecha. Ahí nos cruzamos con dos ciclistas. Avanzamos un poco, y cuál sería nuestra sorpresa al vez alzarse, justo al frente nuestro, la torre medio derruida del principio. Y entonces volví a acordarme del camino que llegaba desde la N-432 hasta el camino de subida a Santo Domingo, antes de la cantera. No sabía como no había caído en ello antes.

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Así que tomamos de vuelta el camino y, posteriormente, el sendero, hasta llegar casi al pie de Puente de Hierro. Y digo casi porque, justo antes de llegar, cogí por error en desvío a la derecha, que subía por un monte, alejándonos del camino que llegaba justo hasta el pie del Castillo del Maimón.

Pese a todo, ese camino no nos era desconocido. Fácilmente lo identificamos como la parte final de aquel recorrido que hicimos con Isaac el 2 de agosto. Descendimos hasta llegar a un camino que subía hasta el castillo del Maimón, y emprendimos la vuelta al barrio Naranjo. Sin embargo, nos encontramos con un obstáculo inesperado. El boquete en la cerca por el que habíamos pasado a la ida estaba tapado. Alguien lo había taponado con una enorme rama de olivo seca, enrollándola con el alambre. Desmonté de la bici, y me dispuse a quitarlo. Una a una, fui arrancando las pequeñas ramas para dejar desenganchada la rama grande, y cuando estaba lo suficientemente suelta, la arranqué de un tirón. De nuevo, el camino estaba expedito. Pero, cuando nos disponíamos a cruzar la cerca, vi la trampa: justo por donde teníamos que pasar, alguien había colocado un trozo de alambre de espino enrollado, de tal manera que al pasar por encima, habríamos pinchado las ruedas inevitablemente. Menos mal que ya me las conozco
todas, que si no…

Ya sin novedad, llegamos al barrio Naranjo, lo atravesamos y llegamos a la carretera. Cruzamos ésta y, de nuevo por el monte, atrochamos
hasta mi casa, donde terminó la etapa.

Datos de la etapa

  • Distancia recorrida: 17’3 km (según el cuenta de Pablo, 17’0 km).
  • Tiempo de marcha: 1h, 40min, 20seg.

Mapa topográfico con el recorrido marcado

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30 jun 10 Córdoba-Loma de los Escalones (24-10-2002)

Crónica de la etapa

Córdoba, 24 de Octubre de 2.002

Esta mañana Manolo y yo nos hemos ido con la bici. La verdad, a toro pasado, la etapa no se ha parecido en absolutamente nada a lo que anoche pensaba que iba a ser. Pero empecemos por el principio.

Ayer por la tarde estuve preparando la bici para la etapa ciclista que iba a hacer con Manolo, Pablo, y unos compañeros de cooperativa de Manolo. Íbamos a subir a Santa María de Trassierra por caminos de tierra, teniendo como lugar de salida el bar “Pepe el Gordo”, que se encuentra junto a la gasolinera de Chinales, a las nueve de la mañana. Así que ajusté algunos elementos a la bici, tales como el cambio trasero, que se hallaba algo descentrado, la cadena que, tras una barbarie, de nuevo, íntimamente ligada con un barrizal, se hallaba algo desengrasada y chirriante, y un ajuste del freno trasero, que se encontraba demasiado tenso.

Sin embargo, esa misma noche, se empezaron a torcer las cosas: Pablo se caía de la convocatoria porque tenía que dar clases, en fiesta, en el CET. La noche transcurrió rápida. Me dormí en torno a las dos de la mañana, tras haber escuchado “El Tirachinas”, que esa noche se emitía desde el aula magna de Rabanales, y me desperté a las siete y media de la mañana. Y digo que  transcurrió rápida porque fue una de esas noches en las que cierras los ojos, y los vuelves a abrir, pensando que apenas ha pasado un instante, y en realidad ya es la mañana siguiente.

Bajé a desayunar, serví la leche y me preperé unas tostadas con miel (el alimento de los campeones). Tras eso, subí a preparar el meterial y la ropa. En vista de que hacía fresco, cogí mi culotte, una camiseta de Sema (van geniales para absorber el sudor), el maillot, una sudadera y mis guantes de invierno. En cuanto al material, lo de siempre, el triángulo de herramientas, la bomba, la bolsa con el impermeable, el móvil, los guantes cortos (como medida de precaución ante el calor) y una cámara de repuesto, la documentación, el casco, la cámara de fotos y las gafas. Cogí un bidón con agua, acomodé las cosas en la bici, y sobre las nueve menos diez minutos, me dirigí hacia la gasolinera de Chinales. Llegué un poco antes de las nueve, y cuando me disponía a comprobar la presión de los neumáticos, apareció Manolo. Subí un poco la presión, y nos dirigimos al bar de Pepe el Gordo.

Eran las 9:30h cuando decidimos marcharnos. Segundo contratiempo de la etapa, y aún no habíamos empezado: los de la cooperativa no hicieron acto de presencia. Hartos de esperar, emprendimos la ruta por nuestra cuenta. Pero claro, tuvimos que cambiar el recorrido, pues eran ellos los que sabían el camino a seguir. Al final nos decidimos por ir al monasterio de Nuestra Señora de Linares, y desde ahí, coger la calzada romana que sube hacia Cerro Muriano. Así pues, emprendimos el camino, no sin antes darle mis guantes de reserva a Manolo, pues venía sin ellos y hacía algo de fresco.

Justo en la parte alta de la joroba de Asland, recordé que no había puesto el cuentakilómetros a cero, y así lo hice. Para subir hacia el monasterio de la Virgen de Linares, tomamos el tramo abandonado que se utilizó durante la mejora de la carretera del Muriano, y que pasa junto al arroyo Pedroche. Con cuidado de no pisar unos cristales rotos, pasamos la barrera que impide el paso de vehículos a ese ramal, pero al volver a montar, me di cuenta de que mi rueda delantera iba perdiendo aire a pasos agigantados. Menuda manera de empezar la etapa. Apenas sí llevábamos 4 minutos de marcha. Así que hubo que parar y parchear el neumático. Mientras yo parcheaba el neumático, Manolo encontró el causante del pinchazo: un pequeñísimo pinchito que, pese a todo, había atravesado la cubierta y taladrado la cámara. Qué encanto. Reparé el pinchazo con unos parches autoadhesivos que había comprado el día anterior, y volvimos a montar e hinchar la rueda. Y sin haber tenido tiempo para volver a montar la rueda en la bici, oímos el silbido. La rueda perdía aire por la válvula. Qué encantador.

Al menos puedo decir que he batido un récord: 2 pinchazos sin moverme del sitio, superando mi propia marca, de dos pinchazos en 200 metros, establecida en el pantano del Guadalmellato. Esta vez no hubo más remedio que cambiar la cámara. La vieja (aunque de vieja tenía poco, pues precisamente la había puesto nueva la mañana del día anterior), ante la imposibilidad de llevármela de una manera digna, la tiré en un vertedero de escombros ilegal que había por allí.

Así que reemprendimos la marcha, justo en el momento en el que nos sobrepasaban dos ciclistas en bicicleta de montaña, uno de ellos muy bien preparado, con maillot y culotte de invierno. Tranquilamente subimos los cuatro, juntos pero no revueltos, hasta el punto en el que el tramo de carretera desaparece bajo el trazado de la carretera del Muriano. Manolo y yo saltamos la valla y seguimos por la carretera, y ellos dos siguieron por una pista que bordea la carretera. A unos 500 metros, justo antes de llegar a la gasolinera “Las Canteras”, tomamos el desvío que lleva hasta el monasterio de la Virgen de la Sierra. Tras 2’9 kilómetros de carretera, al principio de la cual ésta estaba bordeada de banderolas de “Arenal 2000″, llegamos al monasterio. Allí Manolo me echó una foto. Como no sabíamos desde dónde se tomaba exactamente el camino que nos llevaba a la calzada romana, le preguntamos a una señora mayor que se encontraba allí. Ésta, amablemente, nos indicó la ruta a seguir, no sin advertirnos que la calzada se hallaba muy deteriorada debido a las obras de Asland en la Loma de los Escalones, por la que ésta discurre. Después de que la señora despotricara un poco de la Asland, y de los socialistas y comunistas, nos despedimos de ella, dispuestos a tomar el camino.

virgen_linares.JPG

Volvimos sobre nuestros pasos, justo hasta la última curva que hay antes de llegar al monasterio. Justo ahí la carretera pasa sobre el arroyo Linares, y es el punto de donde sale el camino a tomar. Tras recorrerlo un poco, y pasar cerca de un viejo puente romano sobre el arroyo, volvimos a ver a los dos ciclistas que abandonamos al final del tramo abandonado de carretera. En vista de que parecía que tenían la intención de hacer el mismo recorrido que nosotros, los seguimos. Craso error, pues llegamos, un rato después, hasta una cancela que cerraba el paso. Ahí les preguntamos si ése era el camino que había que tomar para coger la calzada romana, dándonos una respuesta negativa. Un rato antes habíamos pasado por una bifurcación, uno de cuyos ramales, el de la izquierda, volvía a cruzar el arroyo Linares. Nosotros, siguiéndolos a ellos, tomamos el de la derecha. Nos dijeron cuál era el camino que debíamos tomar, y así lo hicimos. Como cosa curiosa, pudimos ver en unos viejos soportes de postes de la luz, con las flechas amarillas que indican que ese camino forma parte de un ramal del Camino de Santiago. Para ser exactos, el ramal Mozárabe, que, partiendo desde Granada, cruza por Córdoba, y en Mérida se una a la Vía de la Plata.

Tras unos 300 metros por un camino, nos dimos cuenta de que nos habíamos vuelto a pasar una bifurcación que, teniendo que haber tomado a la derecha, tomamos a la izquierda, justo antes de volver a cruzar el arroyo. Este vez nos echamos las bicis al hombro, y lo cruzamos a pie, vadeándolo. Tal y como nos habían indicado, el camino empezaba a picar un poco hacia arriba, subiendo y bajando un poco, pero con el objetivo al frente, perfectamente visible: el camino trepaba, en fuerte ascenso, por la ladera de un monte. Pero el paisaje era espectacular.

La subida fue muy dura. La pendiente era muy acusada, y la superficie se hallaba bastante suelta. Poco a poco iba describiendo una curva a la dercha, y, cuando te creías que iba a acabar el ascenso, podías ver como éste, lejos de acabar, se volvía a describir una curva a la derecha, para reaparecer de nuevo, más arriba, en ascenso a la izquierda, oculto en parte por la ladera del monte. Bueno, pues a tomárselo con calma. Durante todo ese tramo, no quedaba absolutamente nada de la calzada romana. Con todo, las flechas amarillas nos seguían marcando el camino. Tras terminar el ascenso, el camino transcurría por un falso llano con mucha piedra suelta, con breves subidas y bajadas. Al cabo de un rato, ya en la zona de la loma de los escalones, el camino se volvía tremendamente hermoso, tanto por el paisaje, como por la labor de la mano del hombre. Ahí nos encontramos con la calzada romana. Sin embargo, no es una calzada al uso, con bloques de piedra ni nada por el estilo. La calzada se encuentra tallada en la roca viva. Por lo tanto, el camino va subiendo a base de pequeños escalones, algunos de los cuales eran practicables en bici, y otros claramente no.

loma_escalones-manolo_calzada_romana.JPG

Cuando finalizamos la subida de la Loma de los Escalones, en una zona un tanto difícil de recorrer en bici, pero que conseguí, pese a pegar un tremendo golpe con los dientes del plato a una roca, tristemente hallamos de nuevo la mano del hombre. Y digo tristemente porque, en esta ocasión, su labor había destrozado tanto un entorno natural espectacular, como una parte de nuestra historia, como es (era) una magnífica calzada romana de unos 2000 años de antigüedad.

Para el que no lo sepa, hace unos años la empresa Asland, bajo el chantaje del cierre de la planta de Córdoba, consiguió que el gobierno municipal se bajara los pantalones y permitiera la extracción de caliza de la Loma de los Escalones, que estaba declarado como paraje protegido.

El resultado estaba bien a la vista: la calzada arrasada, el monte completamente horadado, y el paisaje destrozado. Y, para colmo, eso tampoco va a impedir el cierre de la fábrica, pues la Asland está en negociaciones de venta de ésta a una cementera portuguesa, y ya sabemos en esta ciudad lo que eso suele significar. El balance de todo esto no puede ser más penoso: la pérdida de una de nuestras riquezas, y todo para nada, nada más que para prolongar la agonía de una empresa por unos años más. Sumamente triste.

Aprovechamos para hacer un alto, durante el cual Manolo devoró una manzana. Durante ese tiempo muerto, varios grupos de ciclistas de montaña bajaron por la pista, utilizada por camiones de gran tonelaje para transportar la caliza hasta la Asland por la carretera del Muriano, que se halla donde antes transcurría la calzada romana.

Reanudamos la marcha. Esta vez era mucho más fácil circular, pero había perdido todo el encanto anterior. Tras un rato, en suave ascenso, llegamos a un punto desde el que podíamos ver la curva del Frenazo, lugar donde termina la calzada, cubierta por la actual N-432, y la nueva variante del Muriano. Justo en ese lugar, a la derecha, se puede ver la estación abandonada de La Balanzona. La vía de tren atraviesa la montaña por un túnel que está justo por debajo de la zona en la que nos encontrábamos.

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Ya puestos, decidimos bajar a la estación. Para ello tomamos un camino que surgía a la derecha del lugar en que nos encontrábamos. Llegamos a una valla en la que había un paso. A partir del paso, el camino se transformaba en sendero. Al principio era practicable en bici, pero al poco se hacía imposible recorrerlo en ésta, debido a su estrechez, la feraz vegetación que nos rodeaba, y el fuerte descenso que describía en su bajada hasta la estación, así que debimos desmontar, y bajar a pie. Estuvimos un rato en la estación, curioseando.

Cuando decidimos partir, buscamos algún camino, medianamente practicable, que llevara de nuevo a la carretera, por detrás de la estación. Al no encontrarlo, contra lo que hubiera sido lógico pensar, nos dispusimos a recorrer de vuelta el sendero por el que habíamos bajado. Sin embargo, me pareció ver un sendero en mejores condiciones a nuestra derecha. Nos asomamos a ver y,  efectivamente, ahí estaba. Lo tomamos, y al poco nos vimos dentro de los terrenos de una casa de campo, entre un gallinero y una vieja alberca, reconvertida en piscina, que se encontraba abandonada. Sin embargo, sí que vimos a una furgoneta que ascendía por un camino. Bueno, pues ahí estaba nuestro billete de vuelta a la civilización. Subimos por el camino, que en un pequeño tramo inicial se encontraba cubierto con una lona de color blanco, y al poco llegamos a una bifurcación en la que se había parado la furgoneta. Preguntamos al conductor el mejor camino para llegar a la carretera, y nos indicó que podíamos salir por la izquierda, teniendo cuidado de dejar cerrada la cancela. Subimos por el camino, y llegamos a la cancela, que se encontraba coronada por dos leones metálicos pintados de verde. Al salir, llegamos de nuevo al camino que veníamos siguiendo desde la Loma de los Escalones, apenas 100 metros por delante del lugar por el que nos habíamos desviado para bajar a la estación. Tras reirnos un poco, continuamos hasta la carretera del Muriano.

Habíamos decidido emprender el descenso por la carretera, y así lo hicimos. Además, como ya estaba abierta la variante, el tráfico era prácticamente inexistente. Al poco llegamos al lugar desde donde sale la variante, que aún está en obras. Cuando pasamos nosotros, estaban añadiéndole una nueva capa de asfalto a la carretera, por lo cual uno de los carriles se hallaba cortado, y se daba paso alterno por el que quedaba libre. Una vez ascendido el breve repecho que hay en el enlace de la variante, reemprendimos el descenso. Fue en este tramo donde alcanzamos la velocidad punta de la etapa, 53’6 km/h. No pudimos conseguir una velocidad mayor debido al viento que entraba de frente. Sin embargo, sí que mantuvimos una media elevada. Raro era el momento (excepto cuando nos cortaron la carretera para dejar paso a una apisonadora) en que bajábamos de 40-45 km/h.

Al llegar a la gasolinera de Las Canteras, nos desviamos para, por medio de senderos de mala muerte, y entre los perolistas que allí se encontraban, llegar hasta Puente de Hierro. Costó un poco de trabajo llegar, pues los senderos se entrecruzaban los unos con los otros, y no era fácil seguir el rumbo, aunque la ayuda inestimable de la visión de Puente de Hierro, casi siempre a la vista, nos sacó del apuro. Lo cruzamos, y nos encaminamos hacia el barrio del Naranjo. Al llegar al barrio del Naranjo, lo atravesamos, cruzamos la carretera, y nos dirigimos a mi casa por un sendero que bordea el monte que se alza entre el barrio del Naranjo y mi barrio, llegando, tras unos breves minutos, a mi casa.

Tras despedirnos, y que Manolo declinara mi invitación para tomar algo, éste siguió el camino hacia su casa, y yo entré en la mía. Era la una en punto de la tarde.

Datos de la etapa

  • Tiempo total de la etapa: 1 hora, 53 minutos, 15 segundos.
  • Tiempo real de etapa: 3 horas, 30 minutos (hora de salida, 9:30h, hora de llegada, 13:00h).
  • Distancia recorrida: 26’3 km. (Desde la joroba de Asland, hasta casa de Javi)

Mapa topográfico con el recorrido marcado

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30 jun 10 Subida a la Torre del Beato (21-09-2002)

Crónica de la etapa

(Esta crónica es algo especial. Hay que tener en cuenta que había efectuado una convocatoria vía correo electrónico para realizar una subida en grupo a la Torre del Beato, proponiendo dos puntos de encuentro: a las 9:00h en la Boutipan, y a las 10:00h en el cruce de Trassierra, si bien nadie respondió a mi propuesta)

Sábado, 21 de septiembre de 2.002.

7:30h de la mañana. Algo esta a punto de acontecer. De nuevo, un chalet adosado, en Córdoba. Y, de nuevo, la misma habitación con la cortina de láminas rojas. Y, obviamente, el mismo joven durmiendo en el mismo sofá. 7:31h. El radio-despertador empieza a sonar. Pero breves instantes después, calla. Ha sido arrancado de la pared y yace en el suelo.

Lo habéis adivinado. Eso (diox mío) también soy yo.

8:46h. De nuevo, despierto. Ruego para que el parte meteorológico, consultado anoche mismo en la página web del Instituto Nacional de Meteorología haya acertado, y esté lloviendo. Miro por la ventana. Pues no, hay unas esponjosas nubes blancas en el cielo. Qué encanto.

En fin. Preparo el desayuno para la familia, desayuno un vaso de leche y unas tostadas con miel, subo a mi cuarto, recojo la cama, y busco mis pertrechos ciclistas. Triángulo de herramientas, bolsa con cámaras de repuesto, casco, guantes, gafas. Añado la documentación, llaves de casa, el teléfono móvil, una cámara de fotos y una radio a pilas. Busco el culotte y el maillot, pero no están. El culotte lo encuentro en la cesta de la ropa sucia, y el maillot esta secándose en el tendedero. Cojo ambos, y me visto con ellos y con una camiseta interior, para sudar. Coloco las cosas en la bici, y cojo dos bidones de agua. Salgo de casa. Son las 9:05h.

Llego a la Boutipan. Efectivamente, nadie ha secundado mi propuesta, cosa lógica. Aun así, espero hasta las 9:15h y, al ver que no llega nadie, emprendo la marcha. A medida que avanzo hacia la carretera de la Albaida, observo como el clima empeora. Empieza a entrar viento de frente, y lo que antes eran nubes esponjosas, se han transformado en grises y amenazadoras formas que trepan por encima de la Sierra. Pero ya estamos en marcha, y es tarde para volverse atrás.

Al poco de empezar a subir por la carretera de la Albaida, alcanzo a un ciclista que va en una bicicleta de carreras. Una buena bici. Le paso, pero decido no cebarme en el suave ascenso. Ya tendré tiempo para pasarlo mal más arriba. El de la bicicleta de carreras se me ha puesto a rueda.

En la curva a mano derecha que hay justo al llegar al castillo de la Albaida, la carretera empieza a picar hacia arriba. Por otro lado, hay mucha humedad en el aire. La cosa promete ponerse mal. Al poco de pasar el castillo de la Albaida, el de la bicicleta de carreras se ha descolgado. Ya no volverá a coger mi rueda. Y empieza lo más duro. Al poco de pasar el castillo, encuentras las rampas más duras de todo el ascenso. No es demasiado largo, en torno al kilómetro y medio, pero se hace eterno. Pasado ese tramo, y hasta un poco antes de llegar al cruce de Trassierra, la subida no tiene historia. Es simplemente encontrar un ritmo cómodo, y dar pedales. Tras haber pasado lo peor, casi te parece que vayas llaneando. Sin embargo, las vistas son espectaculares. Lástima que tuviera el sol de frente con respecto a la ciudad, si no hubiese parado a echar alguna que otra foto. En este tramo intermedio, vi a tres chavales en bici de montaña, ascendiendo bastante por delante de mí. Me propuse alcanzarlos. Cuando creía que no lo iba a conseguir, los encontré parados descansando junto a un contenedor de basuras. Les pasé y seguí.

Justo antes de llegar al cruce de Trassierra, vuelve a haber un tramo más duro, aunque la verdad es que lo pasas ya casi sin darte cuenta, pues el ansia de coronar el cruce parece que te dé alas. Y llegué. 9:52h. Según el cuentakilómetros, 40 minutos cabales. No estaba nada mal. Me senté en un parterre de la gasolinera del cruce, y puse el cronómetro en marcha. 1 minuto y 35 segundos después llegaba el de la bicicleta de carreras. Y empezó a lloviznar. Hice una foto, saqué el móvil y la radio y me dispuse a esperar. Sabía que no iba a subir nadie, pero aun así, me había comprometido a ello. Llegan muchos ciclistas, por la carretera de las Ermitas, por la misma por la que he subido yo, por la del Monasterio de San Jerónimo, por la de Santa María de Trassierra… Es agradable ver tanta bici junta. Y empieza a llover más fuerte, al filo de las 10:00h. Mientras me estoy guareciendo en la gasolinera, llegan los tres de las bicis de montaña. También se guarecen.

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En torno a las 10:05h, afloja un poco la lluvia. En vista de que se confirma que nadie va a subir, y temiéndome que más tarde pueda llover más fuerte, decido emprender la búsqueda de la Torre del Beato. Sé que está por la carrera de las Ermitas, por un camino que sale a la altura del repetidor de radio, a la izquierda. Al llegar a la altura del desvío para el Mirador de las Niñas, alcanzo a tres ciclistas en bicicleta de carreras. Les pregunto si saben llegar a la Torre, pero no pueden ayudarme. Estamos unos momentos de charla, mientras sacan sus chubasqueros, pues ha vuelto a apretar la lluvia, y después me despido de ellos.

Al poco llego al repetidor, y la lluvia se ha convertido en una fina llovizna. He tenido que quitarme las gafas, porque entre las gotas y el vaho que desprende mi cuerpo, hacen que no pueda ver nada. Veo el camino, justo antes del repetidor, y lo tomo. Suave descenso, entre olivares, por un lado, y bosque mediterráneo, por otro. Recuerdo por el mapa topográfico, que hay varios cruces. Primero tengo que tomar el camino de la izquierda, y luego el de la derecha. Así lo hago. Al poco me rodea el bosque. Está precioso. A Pablo le hubiera encantado. Sin embargo, a los 50 metros después del segundo cruce, me encuentro en medio de una montón de bloques de hormigón. Y caigo en la cuenta. Me he metido en medio de una granja apícola. Diox santo. Procurando hacer el menor ruido posible, salgo de allí, y vuelvo al cruce. Y me doy cuenta de lo que ha pasado. Me he metido por el central, en vez del de la derecha. Corregido el rumbo, sigo avanzando. Sin embargo, estoy algo desconcertado. Se supone que la Torre del Beato domina la zona circundante desde una buena altura, y allí no hay nada que se le parezca. Pronto iba a encontrar la respuesta. Sabía que, según lo señalado en el mapa, tenía que llegar a la Torre tras recorrer
en torno a un kilómetro de camino. Y, cuando recorrí esa distancia, me encontré con una edificación pero, al verlo saltaba a la vista, eso no era la Torre del Beato. Más bien parecía un pequeño cortijo abandonado. Y entonces caí en la cuenta del error. Había llegado exactamente a donde quería llegar, pero me había equivocado al situar el sitio sobre el mapa. Lo que yo creía que era la Torre del Beato, obviamente no lo era. ¿Dónde estaba, pues, la torre?

El camino, ya prácticamente un sendero, giraba a la derecha tras pasar la casa, y decidí seguirlo, pues era bastante agradable a la vista, y no muy complicado de seguir. Y, cual no sería mi sorpresa cuando, al recorrer aproximadamente otro kilómetro, la vi alzarse a mi derecha, sobre un pequeño risco cubierto de árboles y monte bajo. Y, de sorpresa en sorpresa, cuando buscaba un sendero para acceder a ella, me tropecé con una carretera. ¿Qué carretera? Debo admitir que estaba completamente desorientado. Y a mi estupor contribuyó sobremanera el darme cuenta que desde allí podía ver un repetidor de radio. En ese momento, pasaron por la carretera los tres chavales de la bicicleta de montaña anteriores, en dirección contraria a mi dirección de avance desde el camino. Empecé a comprender lo que estaba pasando. Esa era la carretera de las Ermitas. Pero, ¿cómo había llegado hasta ella? ¿Es más, a qué altura estaba?

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Aplacé la búsqueda de respuestas para otro momento, y emprendí el ascenso a la Torre. Al no encontrar ningún camino practicable en bici, me la cargué al hombro, y trepé entre el monte bajo. Al poco llegué a un pequeño muro de piedra que formaba un pequeño llano ante la torre, pero que estaba rodeado de densa vegetación. Y la atravesé como un salvaje, arrancando ramas a mi paso. Entonces vi el camino. Recordaba un pequeño desvío, más atrás, antes de ver por primera vez la torre. Obviamente era ese. Tengo la rara habilidad de escoger los caminos más tortuosos.

Terminé de subir al llano. Había sudado más en esa pequeña subida con la bici al hombro que casi el resto de la etapa. Allí estaba. Esbelta, con aún algunas almenas. Con una esquina cubierta de hiedra, y con un pino a medio caer, apoyado en otra de ellas. Tal y como me la habían descrito. Excepto por un detalle. Una puerta de hierro con una cerradura. Magnífico. Adiós a mis intenciones de subir hasta ella. No era el único al que le había pasado lo mismo. Al estar constituida la puerta por una plancha metálica, había gran cantidad de insultos hacia los promotores de aquella lamentable idea. Eché alguna que otra foto, y, tras descansar un rato, decidí abandonar aquel lugar.

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Tomé el camino que pasaba junto a la torre, pero en vez de volver sobre mis pasos, me dirigí en dirección contraria, es decir, hacia el repetidor. Y vi una nueva señal de la que me habían hablado, pero que no había visto en el camino quo yo tomé: el camino estaba bordeado por cipreses. Al poco, llegué a la carretera de las ermitas. Justo pasado el repetidor. A 50 metros del camino que yo había tomado. No pude menos que echarme a reír.

Cuando volvía al cruce de Trassierra, me entraron ganas del ver el Mirador de las Niñas. Me dirigí hacia él. Había una gran vista de la ciudad. Eché tres fotos, y reemprendí mi camino.

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Una vez en el cruce, decidí cronometrarme en la bajada. Desde el cruce, hasta la rotonda que hay a la entrada de Parque Figueroa. Puse el cronómetro a cero, y empecé el descenso. Raro era el momento en que bajaba de 35 km/h, y la punta la alcancé, obviamente, en el tramo que hay antes (teniendo en cuenta que el sentido de la marcha es descendente) del castillo de la Albaida. Ahí me puse acoplado, al estilo Perico en los Pirineos en el año 84 (es decir, con el sillín apoyado en el pecho). Según mi velocímetro, alcancé una punta de 92’6 km/h, cosa que creo que está equivocada. Si acaso, 75 u 80 km/h. Luego, en la recta que lleva hasta la susodicha rotonda, la velocidad fue algo inferior, en torno a los 30-35 km/h. Tiempo de descenso: 12 minutos 33 segundos. Distancia: 9 kilómetros. Velocidad media: 43’02 km/h. No está mal.

El llegar a casa fue un puro trámite. Sin embargo, el tiempo final de descenso acumulado (es decir, desde el cruce hasta mi casa) fue de 21 minutos 5 segundos.

A los 15 minutos de llegar a casa empezó a llover en Córdoba.

Datos de la etapa

  • Tiempo total de la etapa: 1 hora, 35 minutos, 8 segundos.
  • Distancia total: 32’3 kilómetros.

Mapa topográfico con el recorrido marcado

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29 jun 10 Córdoba – Montilla (03/08/2002)

Córdoba, 3 de Agosto de 2.002.

La noche anterior a la etapa no pude dormir. Habíamos quedado a las 7:00h en casa de Manolo (en la ribera), y yo había quedado previamente con Pablo a las 6:45h para ir juntos a casa de Manolo. Ello suponía que yo estaría en planta desde las 5:45h, para ducharme, y preparar las últimas cosas con tiempo (mejunje energético que me preparo, desayuno, y últimos ajustes a la bici). Me pasé toda la noche dando vueltas, entre los nervios, y la fiesta salvaje que montó el hijo de los vecinos, que hacía que no hubiera dios que durmiera.

El caso es que salí de casa a las 6:35h para el punto de encuentro. Era una mañana bastante fría, con una ligera brisa. Llegué al punto de encuentro con Pablo, y esperé. Pablo no apareció hasta las 7:05h. Yo a esa hora ya estaba atacado de los nervios de llamar a los móviles de esta gente, y todos lo tenían apagado. Pablo venía con un mosqueo tremendo. Su abuela le había cambiado todas las cosas de sitio (jabon para la ducha, los bidones de la bici, la ropa…) y había tardado bastante en volver a organizarlo todo.

Llegamos a casa de Manolo sobre las 7:15h. Era una delicia circular por Cordoba, no había ni un solo coche a la vista. Allí ya estaban Isaac y el propio Manolo, realizando unos últimos ajustes. Finalmente, salimos sobre las 7:30h.

El camino que teníamos que tomar sale desde la antigua carretera de Castro del Río, y para cogerla hay que atravesar la zona de Sector Sur conocida como “Los vikingos”. Al poco, llegamos al puente que hace la carretera de Castro del Rio sobre la autovía. Empezamos a subir por la carretera de Castro, y, lentamente, empezó a salir el sol por el horizonte.

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Era una mañana preciosa, y un día perfecto para coger la bici. Fresco, con una suave brisa que no molestaba para dar pedales, y nublado. Al poco, aproximadamente 1 kilómetro desde que sobrepasamos el puente, cogimos, a la derecha, el camino que, durante 20 kilómetos, tendríamos que recorrer hasta enlazar con la carretera de Santa Cruz, una aldea que está junto a la carretera de Granada. El camino era una pista en bastante buen estado, pero como atraviesa la campiña, es una auténtica tortura. Continuas subidas y bajadas, a cual más dura. Sobre todo, al final, pues el camino desaparece, y queda tan solo un sendero. Coincide esto con la pendiente mas dura de todo el recorrido.

Al llegar a la antigua carretera de El Carpio-Santa Cruz, giramos a la derecha. Seguimos por ella unos 5’5 kilómetros, hasta llegar a Santa Cruz. En Santa Cruz hicimos la primera parada seria de la etapa (de vez en cuando íbamos haciendo alguna, pero corta, de un minuto o dos). Llegamos a Santa Cruz sobre las diez de la mañana, y paramos a comer algo. Barritas de chocolate enérgeticas, y cosas así. Es muy bueno, el chocolate, para estas cosas. Muchas calorías y poco líquido, lo que ayuda a una digestión rápida. Abandonamos Santa Cruz sobre las diez y cuarto, por la carretera de Granada en dirección Granada. La abandonamos a los cuatro kilómetros, a la altura del Cortijo de Duernas.

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Desde allí sale un camino que, a través de olivares y campos de girasoles, lleva directamente hasta Montilla. Unos doce kilómetros más. Esta parte de la etapa era bastante más llana que la anterior, lo cual se agradecía. Sólo volvía a ser un poco más duro al llegar a Montilla, que está en lo alto de un risco. Pero, por suerte, a la casa de Manolo se podía llegar por un camino que hacía innecesario subir a Montilla.

A medio camino está el Castillo de Dos Hermanas (que es la originaria Montilla, sólo que el siglo XIII la cambiaron a otro risco), y la Torre Vigía. Las veces anteriores, siempre me había quedado con las ganas de subir a Torre Vigía (una de las torres de vigilancia y comunicaciones que los califas tenían por las cercanías de Cordoba), así que esta vez, cuando llegamos, le sugerí a los demás subir.

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Isaac y Manolo no estaban para muchos trotes, y dijeron que preferían esperarnos junto a la fuente que había cerca. Así que Pablo y yo desmontamos de las bicis, y trepamos por el cerro hasta llegar a la torre. Todo el cerro está labrado, y en los surcos de labor se ven restos de cerámica, piedra y otros instrumentos de la torre, que está derruida. En realidad, más que una torre es un pequeño castillo. Aún se pueden ver tres de las torres que lo componían, y se mantiene un arco en medio del patio de armas. Es una pena que esté así. Sin embargo, la vista que teniamos desde allí era preciosa. Mereció mucho la pena.

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Tras esta nueva parada, continuamos el camino hasta Montilla. A esas alturas ya el sol estaba empezando a picar un poco, pero seguía sin parecer una mañana de agosto en Cordoba. Un poco antes de llegar a Montilla, tomamos el desvío que nos sugirió Manolo, que nos evitaba subir la pendiente de acceso a Montilla (unos 200 metros de desnivel en 2 kilómetros, es decir una pendiente del 10% por camino de tierra. Muy mortal), si bien era dar un pequeño rodeo. Finalmente, llegamos a la casa de Manolo sobre las 12:05h, tras solventar el ataque de un perro. Sí, se me tiró un foxterrier al pasar por otra casa. Primero intenté pegarle una patada (que no le alcanzó) y después le pegué un chorreón en los morros con el bidón de agua. Mano de santo.

Datos de la etapa

  • Distancia recorrida: 47 kilómetros.
  • Tiempo de marcha: 2 horas, 55 minutos.
  • Tiempo real empleado: 4 horas, 35 minutos.
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28 ene 10 Links, un navegador “cool”

Los más viejos del lugar (ejem) recordarán el navegador links. O quizás, más que los más viejos, los más apegados a la consola texto del sistema operativo. El caso es que he tratado de entrar en Feisbuk desde él, y me ha salido lo siguiente:

Facebook incompatible con Links

Facebook incompatible con Links

Había visto nombrar de muchas maneras a links (o más bien, a su venerable antepasado, lynx), pero lo que nunca hubiera imaginado es que alguien pudiera tildarlo de cool, o en buen español, “molón”. Si es que hay gente para todo… :mrgreen:

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