Nota: Esta va a ser la primera entrada recuperada en el ámbito de “Are you from the past?“. Por lo demás, no ha sufrido ningún cambio con respecto a cuendo fue publicada, salvo la corrección de los enlaces correspondientes a las imágenes mostradas que, por lo demás, son las mismas.
(Esta etapa aún no se ha realizado. Sin embargo, está ya por entero planificada. La crónica que aparece a continuación es la del viaje previo que hice en coche por el trazado a seguir. Por ello considero que merece ser incluido en la sección, ya que es sumamente detallado.)
Córdoba, 7 de Septiembre de 2.002.
Poneos en situación: sábado, 7 de septiembre, un poco antes de las diez de la mañana. Un chalet adosado en una zona residencial de Córdoba. Blanco, tejas rojas, con jardín pequeñito delante.
Fijaos en la fachada. A la izquierda, en la planta superior, se ve una ventana con una cortina de láminas de color rojo. Introducios a través de ella. En un sofá-cama, hay un joven durmiendo. Un radio-despertador lleva ya un largo rato vertiendo el vitriólico contenido de las ondas en la habitación. Fernando Delgado, para ser exactos, aunque no venga a cuento.
Y, de repente, el joven abre los ojos. Se queda mirando el techo de la habitación durante unos momentos y, acto seguido, se levanta. Apaga la radio, se quita el pantalón corto de dormir, se muda de ropa interior, se introduce en unos vaqueros y una camiseta gris claro, uno de los últimos vestigios de un foro de empleo, y se calza unas zapatillas de deporte.
Entra en el cuarto de baño, se refresca la cara y, a continuación, vuelve a su habitación. De ella recoge las hojas del servicio geográfico del ejercito correspondientes a Montoro, Bujalance y Cardeña, unas gafas de sol, la cámara de fotos, documentación, móvil, llaves y un bolígrafo. Busca por un breve espacio de tiempo un cuaderno de notas y, al no encontrar ninguno, agarra una vieja agenda con sección para notas. Y, con un gesto de determinación pintado en el rostro, abandona la casa y se introduce en su coche.
Lo habéis adivinado. Ese soy yo.
Acaban de pasar las diez de la mañana, y estoy montado en mi coche camino de Adamuz. Cuando me he despertado, he sentido el irresistible, poderoso y definitivo impulso de comprobar el estado de la carretera Villafranca-Adamuz.
Sé que, dicho así, es una locura. Tal vez la explicación que voy a dar en las siguientes líneas no haga que cambiéis de opinión, pero al menos dejadme intentarlo. Llevo algún tiempo planificando una salida ciclista: Córdoba-Cardeña. Y uno de los posibles recorridos pasa por dicha carretera; carretera que no conozco nada más que sobre una carta, y en un perfil trazado con un programa informático. Y me gusta conocer con exactitud aquello que voy a recorrer en bici, para luego no llevarme sustos. Ése es el motivo. Creo que la cosa no mejora.
Son las diez y diez, y estoy en estos momentos en la glorieta de Carlos III. La cinta de Mikel Erentxun acaba de terminar de rebobinarse en el radiocasete del coche. Es una cinta de 60′. Me ayudará a medir el tiempo que voy a pasar en la carretera. Subo la joroba de Asland y tomo la ronda este. Abandono ésta en la salida hacia la antigua nacional IV, y viajo por ella en sentido Alcolea. Hay muy poco tráfico. Una mañana tranquila.
Al cabo de un rato llego hasta el desvío hacia el pantano de San Rafael de Navallana. Debo cogerlo, para, posteriormente, tomar la antigua carretera de Villafranca. La carretera del parque acuático. Y atomáticamente empiezo a tomar nota mental del trazado.
En puridad, aún no es necesario. Conozco esta carretera de las veces que he ido a El Carpio en bici, y de las veces que he ido al parque acuático. Pero aun así, tengo que hacerlo. Ésta es una carretera que va por las estribaciones de Sierra Morena. Este hecho marca de manera trascendental su trazado y sus características. Es un auténtico sube y baja, una “etapa pestosa”, como dicen los ciclistas profesionales. Por otro lado, el asfalto no está en demasiadas buenas condiciones. Asfalto viejo, fino, de ese que, cuando vas en bici, con gotas de sudor como puños cayendo por tu frente, te deslumbra cuando miras hacia delante, porque refleja el sol como si fuera un espejo. Y hace que maldigas el momento en que alguien te regaló tu primera bici.
Pero esta vez voy en coche.
Hay muy poco trafico, y eso me gusta. ¿Quién iba a querer tomar esta carretera, teniendo la autovía que te lleva a Villafranca en menos tiempo y con menos sustos? Lo que sí que hay son muchos ciclistas. Y eso me gusta. Hay un tramo intermedio en que la carretera mejora. Más amplia, dos carriles, asfalto contemporáneo. Ese tramo lo arreglaron hace ya algunos años. Pero al poco, de vuelta a lo mismo. Apenas me he cruzado con dos coches, un Volkswagen Golf blanco, y un Mercedes oscuro, al que un grupo de ciclistas hizo detenerse cuando iba a adelantarlos, porque yo venía de frente. Aquí los que mandan son los ciclistas.
Un poco antes de llegar al parque acuático se acaba el sube y baja, y la carretera se vuelve llana y recta. Incluso el asfalto mejora. Y un poco antes de llegar a Villafranca, la carretera torna a un suave y progresivo descenso. He llegado a Villafranca. Según la carta del ejercito, debo rodear el pueblo para tomar la carretera que conduce a Adamuz. Pero, antes de ello, me detengo en la gasolinera que hay a la salida del pueblo. Llevo algo menos de un cuarto de deposito de gasolina, y no quiero llevarme sustos. Le echo diez euros, lo que hace que la aguja indicadora llegue hasta el nivel de medio deposito. Hay una pareja alemana (lo sé por la matricula de la furgoneta) lavando su vehículo en la gasolinera. La teutona, rubia, delgada, joven y con aspecto cansado, me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y me vuelvo a introducir en el coche. Y sigo el indicador que señala hacia Adamuz.
Al poco salgo de Villafranca. La carretera se ve en bastantes buenas condiciones. Asfalto nuevo, líneas aún bien marcadas. Y una carretera recta, muy recta, que apenas va describiendo una suave curva hacia la izquierda.Y, poco a poco, la carretera va haciéndose más y más empinada. Iquietantemente empinada. Varios carteles indicando obras y presupuestos de la Junta de Andalucía distraen mi atención de la carretera. El paisaje circundante se ve bonito, pinares, y vegetación mediterránea. Hay varios ciclistas ascendiendo penosamente por la carretera. Me cruzo con una cabeza de camión tractora. Da la sensación de que vaya a perder el contacto de las ruedas traseras con el asfalto, y caer de morro contra la carretera. La pendiente sigue picando hacia arriba, poniendo en aprietos a la mecánica de mi Ford Fiesta. Y, de repente, me encuentro con una señal que me advierte que en los próximos kilómetros estaré sometido a unas pendientes del 10%.
Sin embargo, hay algo que no encuentro. Pablo me había comentado que la subida hacia Adamuz por la carretera de la sierra era muy grato a la vista. Pero ahí no había sierra ni había nada. La carretera transcurría de manera casi permanente entre los terraplenes de los montes que fueron desmontados para hacer el nuevo trazado de la carretera. Era indudable que Pablo había pasado por ahí antes de que se operara semejante cambio. Aunque hay algo que me motiva a seguir esta carretera, y no es sino la existencia de un búnker de la Guerra Civil. Al parecer, puede divisarse a la derecha del primer puente, en el tramo de bajada.
A los cinco kilómetros de salir de Villafranca, llegué a la cima de la carretera. Desde ahí me esperaba un descenso hasta Adamuz, y una nueva señal me advertía de la existencia de un descenso con pendientes del 10%. Pero, a mitad del descenso, las obras de la carretera, que aún no se encuentra terminada, obligaban a desviarse por lo que supongo se trataba del antiguo trazado de la carretera. Y digo supongo porque la mayor parte del tiempo se trataba de un pedregal arrasado por los camiones de gran tonelaje. En breves momentos parecía que se volvía a un primigenio asfalto, pero no puedo confirmarlo. Sin embargo, en ese trazado alternativo el paisaje era bastante agradable. Ahí me crucé con otro coche, un Peugeot 206. Al poco, y tras pasar bajo el puente en construcción de la nueva carretera, fui devuelto al nuevo trazado, que ya no abandoné, de nuevo en fuerte bajada, hasta Adamuz, justo en cuya entrada había un acusado ascenso. Me detuve un momento en una calle de entrada al pueblo. Ya había cumplido. Había llegado a donde me proponía. Ya podía volver. Pero caí en el error de preguntarme “Bueno, ya he llegado hasta aquí. Pero en fin, ya da lo mismo seguir hasta el camino de atajo que hay cerca de Montoro, ¿no?” Efectivamente, ya puestos, y habiendo llegado hasta Adamuz, me daba igual seguir un poco más. Así que consulté la carta de Montoro, en la que sale parcialmente el casco urbano de Adamuz y la entrada de la carretera proveniente de Villafranca.
Veo que la carretera que tengo que tomar es la que va hacia Villanueva de Córdoba. Sigo la indicación correspondiente, y al poco, tras pasar junto al cementerio del pueblo, desemboco en una calle que bordea un paseo. Le pregunto a un anciano que se encontraba paseando, y que me indica que debo ir hacia la izquierda, y al encontrar la correspondiente indicación, girar a la derecha. Dicho y hecho, tomo una calle que sale en pendiente ascendiente del pueblo. De nuevo, la carretera es bastante mala, muy parcheada y estrecha. Pero en ella el tráfico es nulo. Al kilómetro de salir del pueblo, tengo que tomar un desvío que lleva hacia Montoro, que es mi objetivo.
Aunque parezca imposible, la carretera estaba aún en más precarias condiciones. Más estrecha y con el firme de peor calidad. El desvío era a mano derecha sobre un puente, y emprendía un suave ascenso por la sierra. Al poco dejaba de ser suave, y el asfalto seguía empeorando. Un poco después, emprendíamos el descenso, y de nuevo la subida. De nuevo trazado “pestoso”. Pero, eso sí, ni un alma en los contornos. Y un paisaje precioso. Cultivo de olivares en la sierra. Un trazado muy sinuoso y en continuo descenso me llevó a un pequeño puente sobre un arroyo, que no tenía indicación de su nombre. De nuevo, una subida, cada vez mas pronunciada. Una de las señales que indicaban precaución para los que pudieran venir en sentido contrario, rezaba que había sido impresa en el año 1.976. El estado de esa señal y de sus compañeras lo confirmaba sin posibilidad alguna de error. Crucé otros dos arroyos y al poco subí una pronunciada pendiente, justo en cuya cima había un desvío a mano derecha que no había que seguir, por lo cual seguí de frente. Tras cruzar otros dos arroyos, y por un trazado igualmente sinuoso y de continuas subidas y bajadas, desemboqué en una carretera que se encontraba en mejor estado. Algo más ancha, y con un mejor asfalto. Giré a la derecha, y seguí mi camino.
Sin embargo, no era una nueva carretera. En realidad, era la misma, según pude comprobar por los mojones kilométricos y la carta del ejército. Sólo que giraba a la derecha justo cuando otra carretera se le incorporaba desde la izquierda. Justo en ese punto, había un pequeño grupo de casas, además de una tienda de comestibles. Los vecinos, que se encontraban de tertulia junto a la carretera, se me quedaron mirando, cual si mi paso por allí fuera un espectáculo. Qué bucólico y pastoril. Aunque lo que de verdad me llamó la atención fue el encontrar una parada de autobús por aquellos andurriales. Sorprendente.
A unos tres kilómetros de allí debía encontrarme con el puente sobre el río Arenoso. Tras un breve tramo recto y con suave pendiente descendiente, empezó un descenso más acusado y mucho más sinuoso. Tremendamente hermoso. Y, efectivamente, a los tres kilómetros llegué hasta el cauce del río. Aunque no sé por que lo llaman río. Yo más bien lo llamaría “Cauce Arenoso”. O “Pedregal Arenoso”. Porque allí no había agua ni nada que se le pareciese. Eso sí, había un puente enorme, de (si no recuerdo mal) tres ojos. Así que me supongo que en invierno debe de ser algo digno de verse. Y, de nuevo, a subir. Aunque no tanto como me temía por el perfil trazado por ordenador. De todas maneras, estaba a punto de llegar al final de esta tramo del trayecto. A unos dos kilómetros y medio del puente sobre el río la carta señalaba el comienzo del camino que servía como atajo entre esta carretera, y la que nos debía conducir hasta Cardeña. La carta seguía siendo fiable. Apareció justo donde la carta indicaba, a la izquierda de la carretera. Pasé doscientos metros el camino, y me detuve en un tramo recto y llano, junto a un campo labrado. Y de nuevo la pregunta: “Si he llegado hasta aquí, ¿por qué no seguir un poco más?” Dos opciones, bajar hasta Montoro, o recorrer el camino, y volver hasta Montoro por la otra carretera. Eran ya las once pasadas de la mañana, ya había escuchado la cinta al completo y ésta había vuelto a empezar.
Y volví a caer. Di la vuelta, y tomé el camino. Un camino de tierra, que no permitía una velocidad superior a los 20 Km/h, y eso en sus mejores tramos. A ratos era un verdadero pedregal. Hubo momentos en que creí que se me iba a caer el tubo de escape, de los golpes que pegaba contra el chasis (bien es cierto que, desde la última vez que se lo cambiamos, no esta muy católico, pero en fin). En torno al kilómetro y medio, me crucé con un coche, un Peugeot 205 cuyo conductor se me quedó mirando con cara suspicaz. Y, al poco, me crucé con un convoy de 6 coches. Todos Volvos, Seat Toledo y Volkswagen. Nuevos, relucientes, con conductores y pasajeros jóvenes. Me llamó mucho la atención. Y aun más me llamo la atención un detalle: el copiloto del último coche era clavado a Antonio Jesús Pérez Polo, compañero de informática.
Un poco después, a los dos kilómetros desde el comienzo, llegué a un cruce, que ignoré. Seguí recto, y, a los dos kilómetros del cruce, y tras un breve descenso, llegué a la carretera que subía a Cardeña, junto a la que había una nave de una empresa de abonos y maquinaria agrícola. A la derecha, Montoro. A la izquierda y, en descenso, el camino hacia Cardeña. Y de nuevo la pregunta. Me sonreí, y pensé “Bueno, de perdidos al río.” Y giré a la izquierda.
En este caso, más que de perdidos al río, de perdidos al arroyo. Al arroyo Arenosillo, que me esperaba unos dos kilómetros y medio mas adelante. La carretera estaba en un estado similar a la de Villafranca. No muy bueno, pero tampoco demasiado malo, aunque el asfalto era de mejor calidad. El descenso era acusado, aunque sin llegar a ser excesivo. Y otra vez, en lugar de encontrarme con una corriente de agua, me encontré con otro pedregal. El pedregal Arenosillo. Y un puente de entidad que lo cruzaba. Curioso. Una suave pendiente de ascenso, y una bifurcación. La mía era la de la derecha, la más empinada. Aunque mucho menos de lo que cría y me temía. De hecho, era mucho más suave de lo que me esperaba. Asequible, diría. Y un muy buen paisaje. Pero un asfalto infame. Más que asfalto, parecía gravilla compactada. Y 35 kilómetros hasta Cardeña.
Al poco de tomar el desvío, me tope con un mojón kilométrico. Kilómetro 7. Hasta el kilómetro 20, la carretera, muy sinuosa, subía y bajaba de una manera sumamente suave o, como mucho, de manera moderada, dentro de una constante general de ascenso, obviamente. Sin embargo, no era demasiado duro. Mucho menos de lo esperado. Pero a partir de este kilómetro 20, y hasta el 24, el trazado se hizo algo más duro. Justo a la altura de este kilómetro 20, aparecieron los primeros carteles que avisaban de la llegada al Parque Natural de Montoro-Cardeña.
Entre el kilómetro 23 y el 24 no pude evitar el detener el coche dos veces. El paisaje que se ofrecía a mis pies, a la izquierda de la carretera, era espectacular. Una preciosa vista de la sierra se extendía ante mí. Saqué mi cámara y lancé tres fotos. Hasta la 35 del carrete. Y continué. De nuevo pasado el kilómetro 24 la carretera, que seguía igual de sinuosa, volvía a ser de pendientes más suaves. En torno a esa altura, sobrepasé a un ciclista que, con el rostro descompuesto, subía trabajosamente por un tramo casi llano de la carretera. Una pájara de campeonato. Lo que más me llamo la atención es que el chaval llevaba culotte hasta los tobillos. No es que hiciera mucho calor, pero tampoco hacía, desde luego, frío como para llevar esa prenda. A partir del kilómetro 27, la carretera transcurría prácticamente llana hasta incorporarse a la N-420. En esta parte de la carretera, la vegetación circundante era mas bien una dehesa. Pero aun así, preciosa.
(Vista del Arroyo Arenosillo)
La N-420 pasa sobre la comarcal por la que yo circulaba. La crucé por debajo, y un poco mas adelante, llegué hasta una rotonda que te permite tomar varias direcciones. Para tomar la dirección hacia Córdoba, o hacia Cardeña, de nuevo hay que pasar por debajo de la nacional y, en una nueva rotonda, se puede optar por ir hacia Cardeña, a la derecha, o hacia Córdoba, a la izquierda. Me desvié a la derecha, y tomé la carretera hacia Cardeña, mientras que la nacional se iba separando progresivamente hacia la derecha. En torno a un kilómetro y medio después y, tras una curva a la izquierda y una a la derecha, apareció Cardeña. A la entrada del pueblo, varios carteles anuncian que estas llegando a un pueblo galardonado con varios premios del Ministerio de Información y Turismo. La calzada, justo al entrar a Cardeña, se convierte en un adoquinado similar al de la Plaza de las Tendillas. Y no puedes menos que estar de acuerdo con el susodicho ministerio en admitir que Cardeña merece dichos premios. Al poco de entrar al pueblo, en suave descenso, divisé a la izquierda una panadería, a la derecha una gasolinera CAMPSA, un poco más adelante una nueva panadería, a mano derecha, y justo en la parte opuesta de la calle, una forja (ojo, no una herrería, sino una tienda que se anunciaba como “Forja”). Aparqué ahí, ya que un poco más adelante se encontraba la plaza del pueblo que recordaba que Beatriz Gascón me había mencionado alguna vez. Lo mismo que el asunto de la panadería, por eso recuerdo que me fijé en ello. Hora: las 12:35, la cinta había pasado por completo dos veces, y ya iba más que mediada la primera cara.
Guardé las cartas en la guantera, introduje la agenda bajo el asiento del acompañante, y cogí la cámara y el móvil. Entonces caí en la cuenta de que se había apagado. Sin batería.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue el ayuntamiento. Se encuentra justo a la entrada de la plaza, a mano izquierda. Es pequeño y blanco, pero la pequeña torre del reloj es muy llamativa: cuadrada, pero completamente recubierta de unos pequeños azulejos de color azul oscuro, casi púrpura. Y con unos curiosos pináculos de color cobrizo, si bien uno estaba roto. Otro detalle curioso es que tiene tres (no dos, Bea) relojes. Bueno, no puedo asegurar que no tenga cuatro porque el cuarto lado no es visible desde la plaza. Le eché una foto, la ultima del carrete. Encendí el móvil y, como aguantaba, le envié un mensaje a mi amiga Bea Gascón, cuya familia es de Cardeña. Algo así como “Bonito pueblo, Cardeña. Y curioso el ayuntamiento”. Al poco me envió un mensaje preguntándome si estaba allí o lo estaba viendo en algún lugar, pero no pude contestar debido a que la batería de mi móvil dijo “basta”. Fui al coche, cogí la agenda, y hubo suerte, el móvil de Bea Gascón estaba en ella. Volví a la plaza, y la llamé desde la cabina. Estuvimos hablando un poco y me recomendó un sitio donde comer algo porque, recordad, no había desayunado.
(Ayuntamiento de Cardeña)
Sin embargo, y en vista de que empezaba a ser algo tarde (12:45h, y aún tenía que volver a Córdoba), decidí obviar el desayuno, y regresar a Córdoba. Por cierto, me llamó la atención el hecho de que la aguja del indicador de gasolina apenas había descendido un poco desde el medio deposito.
Esta vez decidí volver por la vía rápida. Tomé la N-420 y bajé hasta Montoro. La N-420 es una muy buena carretera, ancha y con arcenes. El paisaje circundante no está mal, pero nada que ver con el de subida por la otra carretera. Y, de nuevo, tuve que darle la razón a Bea Gascón. La bajada desde Cardeña, en especial un largo tramo, es bastante escalofriante, con pendientes muy acusadas. Muy buena carretera para el tráfico en general, pero nefasta para los ciclistas. Muy peligrosa, por las velocidades que se pueden alcanzar.
Por Montoro no se llega a pasar, hay una circunvalación que comunica directamente con la autovía. La tomé, y al cabo de un rato estaba de nuevo en Córdoba. Para ser exactos, estaba entrando en el barrio de Santa Rosa a las 13:35h.
Ya conozco el trazado. Es largo. Es complicado. El tramo desde Villafranca hasta Adamuz sobrepasa la categoría “Barbarie” para entrar de lleno en la categoría “Sabía que estabas loco, pero eso es excesivo incluso para ti”. Pero el recorrido general es precioso, y merece muy mucho la pena hacerlo. Y eso que no he visto los senderos por dentro del Parque Natural.
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La siguiente fotografía es otra panorámica relacionada con la Vía Verde de la Subbética. Es este caso es la Laguna del Salobral, catalogada como Reserva Integral de la Naturaleza:
Se trata de una fotocomposición en formato panorámico, realizada a partir de varias fotografías, todas ellas tomadas desde la vía verde. A la izquierda aparece mi padre, y la derecha del todo, adelantado un poco en la vía, Pablo.
Etiquetas: laguna del salobral, panorámica, vía verde de la subbética
Esta mañana nos hemos ido a dar pedales Ana y yo por las cercanías de Santiponce. Ha sido un rato bastante divertido, en la que nos hemos cruzado con peregrinos, caminantes, y ciclistas a punta pala. El recorrido no ha sido muy largo: Vía Verde de Itálica hasta el puente del arroyo del Judío, desde allí tomamos el Camino Real en dirección a Valencina, y un poco antes de llegar, tomamos una pista que nos llevó hasta la carretera de Santiponce a Valencina, para tomar el camino de los vinateros, de nuevo hasta la vía verde. Teníamos intención de llegar hasta Valencina y ver los dólmenes pero, ante la amenaza de lluvia, tuvimos que volvernos.
En el cruce del Camino Real, nos paramos a tomar una panorámica. Este es el resultado:
Como se puede apreciar, el tiempo estaba bastante variable: lo mismo pegaba un sol abrasador, como nos caían unas gotas.
Por otro lado, a Ana le sorprendió la cantidad de cultivos diferentes que vimos en tan poco tiempo: trigo, cebada, girasol, cebollas, algo bajo plásticos, otra cosa que parecían patatas, y los omnipresentes olivos. Además, vimos halcones, conejos e incluso perdices.
Una mañana bien aprovechada.
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El Domingo de Ramos nos levantamos temprano, en torno a las siete de la mañana, para emprender la segunda y última etapa de las vías verdes del Aceite y Subbética.
Al filo de las ocho de la mañana abandonamos el apartamento, y nos dispusimos a reemprender la marcha, no sin antes tomar algunas fotografías de Zuheros y su entorno, y buscar de manera infructuosa un bar que nos permitiera tomar algo caliente para comenzar la etapa con buen pie, y combatir el aire frío de la mañana.
Después de descender nuevamente hasta la vía verde, a la altura de la oficina de turismo de Zuheros, retomamos el camino allí donde lo habíamos dejado la jornada anterior. Podíamos haber descendido directamente hasta el apeadero de Zuheros, pero la vista que se contemplaba desde la trichera del ferrocarril hacía que valiera la pena retroceder un poco.
Poco a poco fuimos salvando el leve desnivel ascendente de la vía verde hasta la cercana Doña Mencía (km. 72), donde hicimos la primera parada del día, para desayunar unas magníficas tostadas con aceite en el bar en el que se ha convertido la antigua estación. Tostadas que hicieros milagros, ya que desde entonces adquirimos un ritmo de marcha envidiable. Quizás el que la vía verde comenzara su descenso desde su cima en Córdoba (algo más de 600 m.) tuviera algo que ver…
A unos 6 km. de Doña Mencía atravesamos el túnel del Plantío (140 m), el único existente en el trazado del tren del aceite en la provincia de Córdoba. Y poco después llegamos al viaducto de la Sima (132 m), con unas vistas de la Subbética espectaculares.
Seguimos el descenso hacia Cabra atravesando unas espectaculares trincheras excavadas en la roca, aparte de cruzar otro viaducto, el de los Dientes de la Vieja (25 m).
Sobre las 10:15h llegamos a la estación de Cabra (km. 92), recuperada como centro de interpretación del Tren del Aceite (si bien cuando pasamos por allí ésta se hallaba desmantelada), y con una cafetería en la parte superior de la estación. Allí fue donde conseguimos el sello correspondiente a la vía verde de la Subbética. Y donde pude hacer un poco el ganso en las dos locomotoras que s encuentran estacionadas en la estación.
¿A que es como en “Retorno al Pasado”?
Abandonamos Cabra, siempre en descenso, para llegar a Lucena, tras haber pasado por el viaducto del Barranco del Alamedal. Lucena, con su magníficamente restaurada estación (aprox. km. 99), marca el Non Plus Ultra en lo que a cuidados de la vía verde se refiere.
Una vez pasado el kilómetro 100, la vía verde se encuentra bastante abandonada, con la excepción de la excelente pasarela que salva el paso de la vía verde sobre la desdoblada N-331 a su entrada en Lucena. La vía verde transcurre entre viñedos y olivares hasta hacer entrada en la pedanía de Las Navas de Selpillar, donde se encuentra la estación de Moriles-Horcajo (km. 108), la última de la vía verde.
Hicimos una parada en la estación, en la que aprovechamos para proveernos de agua (muy buena, por cierto), engrasar un poco el eje del pedalier de mi bici, y consultar a un lugareño sobre la mejor manera de alcanzar Puente Genil desde allí. Nos recomendó continuar por la vía verde hasta su finalización, a unos 4 km. de distancia, y desde allí tomar la cercana A-318 hasta Puente Genil, a unos 12 km. de distancia; consejo que decidimos seguir.
El fin de la vía verde se encuentra situado en el km. 112′400. Por desgracia, el resto del trazado del tren del aceite hasta Puente Genil se encuentra perdido, comido por la maleza y taponado por escombros y vertidos, por lo que no es posible continuar por él. Así pues, alcanzamos la carretera, y tras una parada en un bar de carretera para reponer fuerzas (a base de Acuarius y patatas fritas de bolsa), empezamos a rodar hasta Puente Genil.
Procuré imponer un ritmo rápido, ya que el eje de mi rueda trasera, que había estado quejándose desde prácticamente desde Jaén, empezó a dar muestras de desfallecimiento: ya en el Camino del Norte me habían comentado que tenía los rodamientos del buje algo tocados. No me había dado guerra en las salidas por Córdoba, pero al meterle el peso de las alforjas lo estaba sentenciando a muerte. Así fue: poco a poco la oscilación de la rueda trasera había ido en aumento, y desde Zuheros la rueda emitía unos crujidos bastante sospechosos. Crujidos que, de camino a Puente Genil, se habían transformado en un lamento estremecedor, cual si estuviera dejando cuadrados los rodamientos. Pensaba que en cualquier momento la rueda iba a decir “basta”.
Llegamos a Puente Genil cerca de las 13:00h. Tuvimos que abandonar la idea de visitar la villa romana de Fuente Álamo debido al estado de mi rueda. Compramos los billetes de vuelta a Córdoba en el tren de las 16:35h, y nos dirigimos a un bar cercano, donde tapeamos e hicimos algo de tiempo antes de volver a la estación, a esperar el tren que nos habría de llevar de vuelta a Córdoba. Rato de espera que dio para echar una breve siesta, algo de lectura, y charlar de chapuzas informáticas varias. Y así, a lo tonto, matamos el tiempo de espera hasta la llegada del Andalucía Exprés. Una hora después éste hacía su entrada en la estación de Córdoba.
Dimos por finalizada la etapa justo en el punto donde, un día y unos 160 km. antes, la iniciábamos: en los jardines de Escultor Martínez Cerrillo, cerca de la Boutipán. Nuestra idea era habernos fotografiado junto al azulejo que recuerda al antiguo ferrocarril de Almorchón, que transcurría por ahí, pero dado el lamentable estado de conservación de aquél, lleno de pintadas, tuvimos que limitarnos a fotografiarnos junto a la fuente.
Y colorín, colorado, esta historia se ha acabado.
Ver Jaen - Puente Genil en un mapa más grande
Ir a Etapa 1: Jaén - Zuheros.
Etiquetas: cabra, córdoba, ciclismo, doña mencía, lucena, navas del selpillar, puente genil, vía verde, vía verde de la subbética, zuheros
El sábado 4 de abril de 2009 comenzamos el recorrido de las vías verdes del Aceite y Subbética. Estas vías se corresponden con el antiguo trazado del tren del aceite, que enlazaba las zonas olivareras de Jaén y el sur de Córdoba con los ferrocarriles de Córdoba y Málaga.
Nuestro comienzo de etapa puede localizarse en la Boutipan, en el Brillante de Córdoba. Ahí habíamos quedado a las 7:15h mi padre, Pablo y yo, para dirigirnos a la estación de Córdoba y tomar el Andalucía Exprés de las 8:00h que nos llevaría a Jaén. El día se presentaba frío, pero no hacía presagiar mayores problemas en lo climatológico, salvo algunas brumas mañaneras que se extendían por el valle del Guadalquivir.
El tren nos dejó a las 9:45h en la capital del Santo Reino, donde el sol, a esa hora, ya había vencido a las brumas y lucía en todo su esplendor. En la cafetería de la propia estación desayunamos a base de medias con aceite y tomate, antes de emprender el recorrido. Recorrido que se inicia junto al polideportivo de Las Fuentezuelas. Tuvimos algún que otro inconveniente para llegar, motivado por una incorrecta localización del inicio de etapa en el GPS, que nos obligó a cruzar la vía férrea para poder alcanzar el inicio de etapa.
Una vez allí, y antes de empezar la etapa, nos dirigimos al polideportivo para solicitar el pasaporte de las Vías Verdes. Este pasaporte, que se ha de sellar en las oficinas habilitadas para ello en las vías verdes suscritas al programa, permite optar a una serie de regalos promocionales de las vías verdes; pero en la vía verde del Aceite tienen un plan de promoción especial que, si consigues sellar el pasaporte en dos de los tres puntos de sellado (en el tercero es en el que otorgan el pasaporte) te hacen entrega de un paquete promocional especial. De todas maneras, la idea de sacar el pasaporte era más por la tontería que por otra cosa, pero puestos a recibir un detalle, no estaba mal…
Entre unas cosa sy otras, no empezamos la etapa hasta las 11:00h. El firme de la vía verde es prácticamente inmejorable: está formado por grava fina tratada con una capa de alquitrán, de tal manera que se asemeja a las carreteras de los años 70. Muy cómodo para rodar, muy agradecido para pasear, pero un tanto aburrido, acostumbrado como está uno a cosas un tanto más salvajes. Sin embargo, esto tiene como ventaja que es muy frecuentado por gran cantidad de gente haciendo deporte: desde jóvenes deportistas hasta jubilados con aspecto indestructible, aunque lo que más abunda son personas de mediana edad con aspecto de estar a punto de sufrir un infarto. Quizás en algunos tramos el apelativo más adecuado sea la Vía Verde del Colesterol.
La vía verde del Aceite cuenta en su recorrido con un total de 13 puentes y tres túneles. El primero de estos últimos se encuentra en Torredelcampo, a unos 10 kilómetros de la salida. Se trata del Túnel del Caballico, de 333 metros de largo.
No mucho después se llega al primero de los puentes, el de la Piedra del Águila. Es un impresionante ejemplo de puente de hierro, como todos los levantados en esta antigua vía, que permite contemplar un paisaje olivarero espectacular.
La vía verde sigue, moderando el ascenso que venía teniendo desde la salida en Jaén y que mantendrá hasta martos, hasta la cercana población de Torredonjimeno. Aquí encontraremos el segundo túnel del recorrido, de 120 metros de longitud, y la primera de las diferentes pasarelas con las que se salvan las carreteras en las que no se han conservado los antiguos viaductos.
La vía alcanza su máxima altura en Martos, donde la vía verde hace un pequeño extraño: una vez entrada en el casco urbano, el trazado original se pierde bajo un edificio en construcción, con el apropiado nombre de Edificio Vía Verde. Se ha de continuar por una calle de nueva creación existente junto al edificio, que tiene señalado mediante una especie de parterre el recorrido de la vía, y que permite alcanzar la antigua estación de Martos (que se encuentra en un lamentable estado de conservación), y continuar por la vía una vez se sale del pueblo.
En el polideportivo de Martos conseguimos uno de los sellos que necesitábamos (si bien ya contábamos con uno puesto en Jaén, al parecer de manera incorrecta), aunque nos costó lo suyo, ya que el polideportivo se encuentra algo alejado de la vía verde, y el responsable al cargo de aquél no parecía estar demasiado al tanto de cómo había que prodecer.
No bien hubimos superado Martos, empezamos a descender. Aunque las vías verdes no tienen, por su propia naturaleza, grandes pendientes, habíamos ascendido desde los 490 m. de altitud que cuenta la vía a su salida de Jaén hasta los 650 m. de Martos en 22 km. Hasta entonces habíamos llevado una velocidad media de 13-14 km/h. A partir de Martos, y hasta la abandonada estación de Vado-Jaén, no bajábamos en prácticamente ningún momento de los 20 km/h, llegando en ocasiones hasta los 30 km/h. Camino de esta estación cruzamos dos nuevos puentes, los correspondientes a los arroyos Salado (208 m) y del Higueral (133 m), que pudimos fotografiar desde la lejanía:
Llegamos a la estación de Vado-Jaén al filo de las 15:00h. Teníamos que ir planteándonos dónde almorzar y cómo almorzar, ya que, salvo las tostadas de la mañana, llevábamos todo el día aguantando a base de barritas energéticas. Decidimos comer en Alcaudete, a unos 16 km (10 hasta la estación, y 6 más hasta el pueblo), y de paso sellar por última vez el pasaporte, y conseguir nuestro lote de camisetas, botellitas de aceite y globos. Aparte de la minucia de comer como personas, claro.
El tramo entre Vado-Jaén y la estación de Alcaudete guarda algunos elementos interesantes: se cruzan tres nuevos puentes, entre los que destaca el Puente del Pontón (224 m), sobre el río Víboras, que permite contemplar junto a él un puente que, según dónde consultes, puede ser romano o medieval, y que probablemente tenga algo de ambos.
Justo pasado el puente, se encuentra la cantera de la Muela de donde se extrajo el balasto utilizado para tender la vía. Y por último, se pasa por los puentes sobre los arroyos del Chaparral (70 m) y Esponela (70 m).
Llegamos a la estación de Alcaudete (483 m de altitud) aproximadamente a las 15:30h. Emprendimos el ascenso hasta Alcaudete, que sólo completamos Pablo y yo, ya que mi padre empezó a sufrir pinchazos en el muslo de la pierna derecha, y decidió volverse. En Alcaudete ascendimos hasta la oficina de turismo, emplazada junto al castillo, pero se encontraba cerrada. Recorrimos el pueblo en busca de algún sitio donde comer, y tan sólo conseguimos unos bocatas en el casino del pueblo (donde, por cierto, nos miraron al entrar como si fuéramos una especie de extraterrestres. Teniendo en cuenta que estaban en los preliminares de las escenificación de la sentencia a Cristo, es algo comprensible). Posteriormente, esperamos en balde hasta casi las 17:30h a que reabrieran la oficina, ante lo que decidimos marcharnos, cansados, de vacío, y mosqueados.
Retomamos el camino después de que mi padre se comiera su bocata de calamares (”mucho pan y pocos calamares”), y afrontamos los últimos kilómetros de la vía verde del aceite. Poco a poco el paisaje empezaba a cambiar. Los olivos dejaban de ser la especie vegetal omnipresente, para dar paso a un paisaje más agreste.
Un nuevo puente, sobre el arroyo del Desgarradero (83 m), y la cercanía de la Laguna Honda, servían como aperitivo al último viaducto en tierras jiennenses: el correspondiente al río Guadajoz (200 m de longitud, y 400 m de altitud).
Este viaducto marca el fin del recorrido de la vía verde del Aceite. A partir de aquí, pese a corresponder a la misma vía, recibe la denominación de Vía Verde de la Subbética. Habíamos recorrido 54′5 km. de vía verde desde Jaén, más un postre de unos 14 km. hasta Alcaudete y de vuelta.
La vía verde de la Subbética tiene algunas sutiles diferencias con respecto a la vía verde del Aceite. La más llamativa de ellas es el diferente estado de conservación del firme: mientras en Jaén es prácticamente perfecto, en Córdoba hay zonas más invadidas de vegetación (aunque nunca llega a interrumpirse el tránsito). El firme, por otro lado, es algo diferente: mucha más grava, casi nada de asfalto, y en ocasiones tierra apisonada. No hay tantas zonas de descanso habilitadas (en Jaén prácticamente cada 2 km. hay una), ni tanta gente recorriendo la vía. Sin embargo, en lo que aventaja este tramo de la vía con respeco al jiennense es en el estado de conservación de las estaciones: mientras que en Jaén prácticamente todas se encuentran abandonadas, en Córdoba todas ellas se encuentran restauradas, y con la mayoría de ellas prestando algún tipo de servicio.
Una vez en Córdoba, destaca por su belleza la laguna del Salobral, que se encuentra a apenas 2 km. del Guadajoz.
Hicimos la segunda parada del día en la estación de Luque (500 m), donde nos relajamos un rato en el bar en el que se ha convertido la estación. No tardamos demasiado tiempo en continuar hasta Zuheros, donde (a la altura de la oficina de Turismo en la que se ha convertido la antigua casilla del guarda del paso a nivel) abandonamos la vía verde para encaminarnos al pueblo. Eran aproximadamente las 20:15h cuando llegamos, en un durísimo ascenso, hasta la plaza del pueblo. Allí se encontraba nuestro alojamiento, en los apartamentos rurales Señorío de Zuheros, magníficamente regentados por Francisco, que además proporciona una charla muy amena sobre la vía verde y la Subbética.
Esa noche cenamos en el Asador los Palancos, paraíso madridista, en el que pudimos degustar una magnífica ensalada con queso de cabra gratinado, queso en aceite, y en mi caso y el de mi padre, un sublime solomillo relleno de jamón, y en el de pablo, de un conejo al ajillo excelente. La lástima es que el precio no fuera tan excelente, pero en fin…
Al filo de la medianoche, antes de acostarnos, Pablo y yo subimos al mirador de los apartamentos, desde donde se contempla una magnífica vista del castillo.
Un bonito cierre de etapa, que no hacía sino adelantarnos algunas estampas de las que disfrutaríamos en la siguiente etapa.
A continuación, el recorrido completo en Google Maps:
Ir a Etapa 2: Zuheros - Puente Genil.
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